El río de la vida

Un ejército de bebés zombis

La mirada de los niños, ya desde los dos o tres años, no está en lo que pasa alrededor, sino en lo que pasa en los móviles

Sin duda una de las generaciones que peor lo tiene en cuanto a la educación de los hijos es ésta que cuenta con niños que pasan gran parte del día con los ojos pegados al móvil. Hubo una generación, la que pasó la guerra, cuya principal misión fue la de procurar que sus hijos no pasaran hambre. Luego vino la que decidió que sus hijos tuvieran estudios y ciertas comodidades para no pasar las penalidades que ellos padecieron. Y así hasta llegar a la que tiene que gestionar que sus hijos no tengan casi siempre la mirada puesta en el móvil, ese aparato que ha procurado mucho bienestar pero que también está provocando una adicción difícil de controlar.

Antes era diferente. Los niños crecíamos con las miradas inmaculadas y era la vida la que se encargaba de ir contaminando la pureza infantil. A lo largo de la adolescencia existía un instante crucial en la que la mirada de los inocentes adquiría un punto de malicia y recelo que daba por acabada la etapa de la candidez. Lo ojos limpios de los niños se iban llenando de los inconvenientes que les ofrecía la vida. Pero todo era natural y entraba dentro de la génesis y el desarrollo de la raza humana. Ahora la mirada de los niños (ya desde los dos o los tres años) no está en lo que pasa alrededor, sino en lo que pasa en el móvil. No están mirando lo que ocurre en la vida, sino lo que transita por esa dichosa pantallita que los abduce y que es capaz de dejarlos ciegos y atontados. Los padres, para evitar malos ratos o para que los dejen tranquilos, les procuran con demasiada facilidad a sus hijos esos instrumentos capaces de desactivar toda su energía. Ya ni la televisión les vale, para ellos la pantalla grande queda obsoleta y no cumple con las expectativas de ocio que las nuevas tecnologías les han creado. El otro día un amigo se me quejaba amargamente del comportamiento de sus nietos de ocho y diez años, a los que esperaba con gran ilusión para participar en una celebración familiar. No pudo hablar con ellos en toda la comida porque se tiraron todo el tiempo con su vista pegada al móvil. En resultas estamos creando un ejército de niños y bebés zombis por culpa del mal uso de las pantallitas de las narices. No sé lo que pasará en el futuro, pero estoy casi seguro de que esto no es bueno. En fin.

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