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Por el forro

El primer deber de una democracia es perpetuarse, a pesar de las ensoñaciones telúricas de sus administrados

El presidente del PNV, señor Ortúzar, ha manifestado que los vascos no pueden sentirse españoles, "¡ni por el forro!", dada la envidia que aflige a los celtíberos y que les impele a robarles lo que es suyo. Lo cierto, sin embargo, es que el forro del señor Ortúzar, y acaso una manga del abrigo, se lo pagan los contribuyentes españoles, tras una generosa negociación del cupo, que obró el milagro posmoderno de que los pobres socorran a los ricos. Sin duda, es este dolorido sentir del señor Ortúzar, vacante por las campas de Álava, el que ha inducido al PNV, de bracete con Bildu, a reclamar la inclusión del derecho a decidir en su Estatuto. Y todo en vísperas, ¡oh, fatalidad!, de que el señor Torra nos declare la guerra por tierra, mar y aire (un aire catalán, naturalmente).

El caso es que el PNV, con su habitual táctica de exprimir al inerme, busca alguna otra gabela que le permita vivir con mayor desahogo, si ello fuera posible. Con el señor Torra a las puertas (no sabemos de qué, si de la sedición o de la idiocia); con el señor Torra en trance de algo trágico e irreversible, el PNV se lanza de nuevo a sonsacar a su víctima, con el peligro de tener un éxito excesivo, y de que esto acabe como parece que va a acabar, o sea, a catastróficamente. Y ello sabiendo, como el escorpión del cuento, que si pica demasiado quizá acabe hundiéndose con la rana. El hecho, en fin, es que ninguna democracia querría someter a referéndum algo tan importante como su Seguridad Social, sus impuestos o la ayuda al desempleo (cuestiones todas, obsérvese, que podrían revertirse posteriormente). Sin embargo, una medida dramática e irreversible como el derecho a decidir -medida que busca sacrificar la democracia existente en el ara ideal del racismo y el clasismo-, nos parece el colmo de lo democrático y un ápice del progreso.

Por fortuna, el primer deber de la democracia no es, como piensan los eximios pensadores Guardiola y Hernández, sacar a votación cualquier idea peregrina. El primer deber de una democracia es perpetuarse, a pesar de las ensoñaciones telúricas de sus administrados. De modo que es a esta esperanza última, pero inamovible, a la que nos agarramos hoy los españoles. No al forro subvencionado del señor Ortúzar; no a la vertiginosa mendacidad del señor Torra. Pero sí a la prevalencia de la democracia, donde la libertad y el ADN no se corresponden. Ahí, en esa tesitura, la determinación biológica es enemiga, principalísima, del albedrío humano.

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