Me gana Granada

Me gana la Granada que intenta que la malafollá sea palabra que esté en diccionario y la del dejaos de pollas vayamos a pollas

Cuando llegué a Granada en 1982 una Virgen lloraba lágrimas de sangre y al día siguiente se declaró un importante incendio en la Sierra de Cázulas, al que me envió Esteban de las Heras para cubrir el suceso. Poco a poco, como al pintor Apperley, me fue ganando Granada, hasta convertirse en la ciudad que quiero y siento como si fuera mía y en cuyas manos he depositado mi destino. Me gana la Granada de San Juan de Dios transportando enfermos y la del beato Fray Leopoldo pidiendo por las casas una ayuda para los pobres. Me gana la Granada de Eugenia de Montijo que se quitó el corsé ante el emperador francés para hacerlo su marido y la de Marianita Pineda que bordaba banderas que significaban libertad. Me gana la Granada que vio cómo asesinaban impunemente a su poeta más famoso en un día en el que jamás debió amanecer. Me gana la Granada de la Alhambra que lleva siete siglos levantándose a su hora y la de la tumba en la que están acostados los reyes más católicos de España. Me gana la Granada del remojón de bacalao y naranja, la de la casata de los Italianos y la del vermú de Las Titas, que de vez en cuando tomo con Rafael Guillén, el poeta. Me gana la Granada que intenta que la malafollá guevariana sea palabra que esté en el diccionario y la del dejaos de pollas vayamos a pollas y póngame usted una maritoñi con un pulevín. Me gana la Granada de sabios arabistas, la que trató el doctor Olóriz y la que pintaron Maldonado, López Mezquita y Dolores Montijano. Y aquella que contaba Mateo a Washington Irving. Me gana la Granada que ha salido de la garganta de Morente, de Rosa y de Miguel Ríos, y la Granada que han pateado Mariquilla, Mario Maya y Manolete. Me ganan las calles del Albaicín y las cuevas sacromontanas, la del barrio que nació entre dos ríos y la del distrito greñúo. Me gana la Granada de cruces floridas por mayo y la de las juncias del enfervorizado Corpus de junio. Y, en fin, ahora me gana el Granada, el equipo de fútbol que controla mis taquicardias y que se ha metido en Europa por la puerta por donde dan los canapés. El fútbol, juego de tontos y de poco prestigio intelectual, es capaz de realzar mi autoestima de aficionado al que en tiempos de coronavirus le duele no estar presente en los silenciosos triunfos de su equipo. Lavín qué equipo.

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