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Ser hijos

El tiempo me dejó la sensación de no haber sido un buen hijo, o al menos no todo lo que debiera haber concluido la juventud

Dicen que la vida no es del todo buena. Que en ocasiones disfruta jugando malas pasadas. Que condena a tener todo bajo una nebulosa, que lo tocas, pero por momentos se va, se escapa de las manos. Como tantas cosas… Dicen que todo se convierte, que lo que un día amaneció como una mañana más, ella se ocupa de turbar la razón y el pensamiento, de teñirlo todo de gris. Dicen que ese día, la vida se empeña en ponerlo todo cuesta arriba, que cuesta tirar de las cosas y de las ideas, que el hoy apenas deja ver el mañana… quizá ese día uno no esté preparado para recibir nada…

Precisamente hoy, el día me trajo sensaciones extrañas. Recordé mi etapa de hijo, de sentirme incomprendido cuando mi padre me regañaba, de pensar que era imposible que existieran otros más severos que ellos. Y no digamos nada si la conversación giraba sobre la hora de vuelta a casa. Siempre había uno que le dejaban más que a mí, un padre con más manga ancha, uno que motivara, justificara y diera rigor a mi protesta, a mi desapego adolescente, a mi eterna sensación de sentirme incomprendido.

El paso del tiempo me dejó la sensación de no haber sido un buen hijo. O al menos, de no haber sido todo lo bueno que debiera haber concluido aquella juventud. Ahora nos queda la mala conciencia, la de no habernos desdicho de muchas cosas cuando tuvimos tiempo para confesarlo. Apenas quedó tiempo para, con la boca pequeña, dibujar un "perdona", "estaba equivocado". Apenas un guiño de complicidad, de mesura, de hacer ver que aprendimos su lección. ¿Ven? Son muchos los días en que apenas podemos entrever el mañana…

Esa sensación de deuda paterna va quedando de generación en generación, y quizás hoy sea el día en que nuestros hijos repiten aquella historia: las mismas expresiones, los mismos desapegos, las mismas desaprobaciones… y surge la duda de ser padre o simplemente colega. La de salvar distancias de otras épocas, pero nunca el lugar, la norma, ni el oficio. O al contrario, sentirnos en su hilera, procurando y aceptando cuanto nos exijan, quieran ser y deseen tener.

Propongo dibujarles la necesidad de vivir, de ser felices con ellos y con el mundo que les rodea. Propongo enseñarles la libertad de crecer, sabiendo que en sociedad hay normas que han de cumplir conforme crucen etapas de su vida. Propongo aceptar sus errores, Propongo aceptar los nuestros. Propongo llorar juntos. Propongo educar seres humanos, con corazón y todo. Propongo desterrar el ombligo propio: reímos y lloramos más cuando nos dedicamos al ombligo ajeno. Propongo crecer con lo justo: lo demás, Dios proveerá. Propongo cambiar la Nintendo por una reunión en familia, el móvil por un viaje en familia, la Play por un campamento Anawin.

Por último, propongo sentir antes que aprender, permitir que se equivoquen, que retrocedan, que se estrellen, que se caigan. Que vuelvan a levantarse. No será fácil para ellos. Tampoco para nosotros. Pero creo que en ello radica, antes y también ahora, el oficio de ser hijos.

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