El río de la vida

La historia del aguaor albaicinero

Eran aquellos tiempos en los que aún no había agua corriente y los aguaores formaban parte del escenario de la ciudad

La historia que voy a contar y que a mí me contaron el otro día, ha hecho que me reafirme en mi teoría de que te va mejor la vida si no le echas cuentas a aquellos que te odian o que intentan hacerte daño. La historia tiene como protagonista a Juanillo, un aguaor que vivía en el Albaicín. Además de buena persona era el mejor cataor de agua de toda la ciudad. Con solo un buchito sabía de qué fuente procedía el líquido elemento: ésta es de la Fuente del Avellano, ésta del Algibillo… Eran aquellos tiempos en los que aún no había agua corriente en las casas y los aguaores formaban parte del escenario habitual de la ciudad. Llevaban el agua en garrafas de latón o cántaros que transportaban normalmente en un burro. Juanillo también dominaba el arte de escanciar. Echaba el agua desde el hombro al vaso sin derramar ni una gota. Sucedió un día que la mujer de Juanillo enfermó de bronquios. La internaron en el sanatorio que Berta Wilheim había construido en la Alfaguara para pacientes tísicos y con problemas de respiración. Cuando terminaba la faena, Juanillo subía todas las tardes al sanatorio y le llevaba a su mujer una pequeña damajuana de agua con la correspondiente explicación. "Mira, ésta la he cogido de la fuente del Avellano. Verás que rica está". Al poco tiempo la mujer sanó y muchos de los pacientes achacaron esa pronta curación al agua de Juanillo. Éste tomó una fama increíble y todos los granadinos lo buscaban a la hora de consumir su preciado producto. Por mucho que los demás aguaores aclaraban que ellos cogían el agua de las mismas fuentes de donde las cogía Juanillo, la popularidad de éste era tal que la gente prefería hacer cola frente el burro del albaicinero antes de arriesgarse a consumir el líquido elemento de otros acarreadores. "Como el agua de Juanillo, ninguna", decían los consumidores. Un día, los competidores, hartos de la fama que había cogido el agua de Juanillo, pagaron a unos niños para que le echaran un ratón muerto en una de sus garrafas. Querían así desprestigiar el producto de su rival cuando corriera la voz de que habían encontrado el cadáver de un roedor en uno de sus recipientes. Pero el mensaje que corrió por la ciudad fue distinto: "Mira si el agua de Juanillo es buena que hasta los ratones se pirran por ella". Juanillo no tuvo más remedio que ampliar el negocio y comprarse otro burro.

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