La incoherencia delata al embustero

La incoherencia entre la prédica y los hechos, es la prueba irrefutable del embuste y la mentira

Recuerdo, hace decenios ya, cuando uno estaba recién aterrizado en las aulas universitarias, cómo el mundo de las ideas, del pensamiento social y político se producía junto al del estudio y el conocimiento puramente académico. Las inquietudes por los ideales de unos y otros tenían como denominador común la clara decisión de aventurarse y transitar por los nuevos horizontes y caminos de la democracia y de la libertad de pensamiento y expresión, asemejándonos así a las naciones avanzadas del mundo libre.

Aquella lucha, que muchos quisimos ejercer desde actitudes de paz y reflexión, se producía bajo la cerrazón de un régimen que, aún diluyéndose ya en las sombras de sí mismo, perseguía con dureza inusitada la realidad, aún balbuceante, de las libertades y especialmente las de expresión e información que se trataban de aplastar desde instituciones específicas, como era el caso del TOP -Tribunal de Orden Público- cuyas sentencias solían ser muy dolorosas y nada tenían que ver con lo que Thomas Hobbes denominaba "naturaleza de la justicia".

Por eso, hoy, vistas las cosas con esa perspectiva temporal y experimental, resulta casi aterrador que un embaucador convulsivo e histrión huero; que ataca con la lengua y sin piedad ni recato las libertades individuales y colectivas, como se ha visto que lo es el vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, arremetiendo irracionalmente contra quienes ejercen el oficio de informar -como es el periodismo- contribuyendo así al mantenimiento de una sociedad verdaderamente libre y que no podría serlo en modo alguno si, de nuevo, desde perspectivas totalitarias; como las que propugna ese máximo dirigente de Podemos y destacado miembro del Gobierno de España; se invite a la involución democrática para volver a perseguir, acosar, vejar y acorralar el pensamiento y la libre palabra.

Toda la cínica trayectoria política de este nefasto mandatario, que pudiera ser tan dañino para la estabilidad del propio sistema democrático, demuestra, de manera tozuda, que lo que en cualquier momento dice, no es sino exactamente lo contrario de lo que verdaderamente piensa. Salvo en excepcionales casos en los que la rabia y la ira dejan salir al verdadero y agazapado (des)personaje. Además, obsérvese, cómo trata, con odiosa soberbia y menosprecio, la capacidad intelectual de los demás, sean quienes sean, piensen lo que piensen y digan lo que digan, incluso cuando llegan a votarle creyendo, lícita y honestamente, en la inexistente sinceridad de sus palabras. La incoherencia entre la prédica y los hechos, es la prueba irrefutable del embuste y la mentira. ¿O no?

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