El río de la vida

La joven de la mascarilla rosa

Este maldito virus no afecta solo al sentido del gusto y del olfato, también al de la vista

Don Antonio tiene una farmacia en Granada y está a punto de jubilarse. Ha estado toda su vida entre medicamentos y es de los que aún se atreve a hacer fórmulas magistrales. Atiende a una nutrida clientela a la que trata con la amabilidad de un hombre que sabe las preocupaciones que asaltan a una persona enferma: le toma la tensión al anciano preocupado por los latidos de su corazón, a la vecina que no se acuerda si las pastillas tiene que tomárselas antes o después de las comidas, a la joven que va a preguntarle cómo funcionaba la píldora del día después… Don Antonio siempre sonríe. Pronuncia las palabras justas, apreciaciones que sabe que no serán respondidas por la contundencia con las que las emite.

Don Antonio tiene tres trabajadoras que llevan mucho tiempo con él. Pero cuando vino la pandemia decidió contratar a otra. A la nueva empleada le advirtió que en su farmacia la norma de la mascarilla se cumplía a rajatabla, ninguna de las trabajadoras se la podía quitar mientras estuviera en ella. También pidió a la nueva empleada que se pusieran su nombre en la bata. La chica se llamaba Silvia.

Han pasado cinco meses y don Antonio sale a comer a un restaurante con su esposa. Tiene costumbre desde hace años de celebrar la onomástica de su mujer, que se llama Pilar, ante una buena comida en un restaurante. En la mesa de al lado hay una pareja de jóvenes que han pedido un churrasco para compartir. Ella es una chica muy bella y se ve que está muy enamorada del joven que tiene al lado. Cuando termina de comer y se va a marchar, la chica se dirige a él y lo saluda muy amigablemente, como si lo conociera de toda la vida. Él la mira con cierta extrañeza y le pregunta:

-Perdone… ¿nos conocemos?

La chica, algo desalentada por la pregunta, le responde:

-Don Alejandro, soy Silvia y llevo trabajando en su farmacia cinco meses. Soy la que lleva la mascarilla rosa.

Después de hacerse perdonar por la chica por su despiste, sale del restaurante con cierto desasosiego. Va pensando que este maldito virus no afecta solo al sentido del gusto y del olfato, también al de la vista porque ha puesto caretas a nuestros rostros más cercanos. Y después piensa que esta pandemia nos está convirtiendo a todos en unos extraños.

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