PARA los sólo iniciados, como yo, en la biología animal el kril es un minúsculo crustáceo que hace las delicias gastronómicas de las ballenas y otras especies marinas. Se le considera, en cierto modo, la base de la cadena alimenticia marina y lo más característico de su comportamiento es la forma en que se agrupan millones de individuos de esta especie en determinadas épocas del año formando enormes bancos de biomasa. Espero que los expertos en zoología marina disculpen mis inexactitudes, pero lo que realmente me ha interesado siempre de este bichito es su posición en la cadena alimenticia y el hecho de que a algunos se les ocurra utilizar su nombre para referirse a ciertos grupos humanos.

Se trata, obviamente, de aquellos grupos que por su situación desfavorecida no les impide ser la base sobre la que se construye gran parte de actividad humana de un sector. Por ejemplo, la ciencia de muchos países, contra lo que algunos creen, se desarrolla gracias a lo que podríamos llamar el kril de la investigación, los becarios. Ellos realizan la mayor parte del trabajo haciendo engordar a los científicos de postín que reciben el reconocimiento que a ellos se les niega. Es verdad que a diferencia de lo que sucede a sus epónimos los becarios no suelen desaparecer cuando cumplen su función. Sin embargo, las condiciones en que desarrollan su trabajo y las pocas expectativas que en las más de las ocasiones tienen, convierten en encomiable su dedicación.

Se atribuye a Henry Ford lo que para mí ha sido siempre la expresión más descarnada del capitalismo salvaje: "¿Por qué cuando quiero un par de manos tengo que quedarme con todo un ser humano?". En alguna medida, deberíamos reconsiderar la posición social del llamado kril de la investigación aunque sólo sea por el hecho de que hoy lo que necesitamos de ellos son sus cerebros más que sus manos.

No tiene sentido que en la sociedad que habitamos, la del conocimiento, en la que se calcula que el 90% de los científicos que ha habido a lo largo de la historia están vivos hoy, maltratemos a aquellos que representan la garantía de nuestro crecimiento socioeconómico e incluso nuestra supervivencia como especie. Incentivar las vocaciones científicas para hacer crecer el número de investigadores en nuestra sociedad es la mejor forma de asegurar nuestro futuro. Parece existir, según revelan las encuestas, más aprecio social por la ciencia que aprecio político, y eso en la época de la innombrable crisis es un problema, sobre todo para el kril.

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