El libro de memorias de Pedro Sánchez es interesante, como todos los que escribe un presidente de Gobierno. Tiene el de Sánchez una característica que lo hace diferente: se publica cuando es presidente. Con un ingrediente añadido que quizá no pudo prever: que se pone a la venta coincidiendo con una campaña electoral en la que se juega su continuidad como jefe de Gobierno. Una campaña hosca, bronca, a la que el libro ha aportado munición.

Manual de resistencia es un canto a Pedro Sánchez, una loa, un ejemplo de egolatría total, puesto que se trata de unas memorias firmadas por él mismo aunque las ha escrito Irene Lozano. Sánchez se presenta como el salvador de la patria, el hombre al que todos admiran y todos desean conocer. Autocrítica, ni una.

Pasa de puntillas por el episodio más negro de su vida política, cuando fue expulsado de la Secretaría General del PSOE, y cuenta las primarias tratando con condescendencia a su Susana Díaz, de la que apenas recoge que a ella debe la primera elección como secretario general. Como se lo debe a Pepe Blanco, el principal valedor de Sánchez aunque ahora el presidente le ha apartado de su círculo.

Lo más chirriante del libro es cómo aborda su relación con el Rey. Parece no saber que don Juan Carlos y don Felipe se han empeñado en ser apoyo fundamental de todos y cada uno de los presidentes sin tener en cuenta su ideología. Sánchez se refiere a Felipe VI como si él fuera su mejor amigo, el receptor de sus confidencias. Explica que cuando acudió a La Zarzuela en la ronda de consultas previas a la formación del Gobierno, tras rechazar Rajoy ser candidato, le contó el Rey que Iglesias, antecesor de Sánchez en esa ronda, le había trasladado su intención de proponer un Gobierno de coalición al PSOE.

Sánchez narra este episodio como si el Rey le hubiera hecho una confidencia sobre lo hablado con Iglesias, cuando la verdad, lo que sabe todo el mundo, es que don Felipe le explicó que, mientras subía hacía La Zarzuela, Iglesias había anunciado en rueda de prensa esa propuesta de Gobierno de coalición, con los nombres de los integrantes por parte de Podemos. Con él mismo como vicepresidente, si recuerdan. Así que de confidencias, nada. El Rey informó a Sánchez sobre lo que en ese momento ya conocía toda España. Aunque el pecado de Sánchez en este caso no es el de colocarse nuevamente el título de mejor amigo del Rey, sino de hacer públicas conversaciones con el Monarca.

Vale la pena leer las memorias. Aunque no sea más que para constatar que Sánchez merecía formar parte del grupo Il Divo.

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