La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

El lío alimentario: de la carne mechada a la kombucha

La cadena de supermercado Whole Foods, una de las últimas apuestas de inversión de Jeff Bezos, el dueño de Amazon. La cadena de supermercado Whole Foods, una de las últimas apuestas de inversión de Jeff Bezos, el dueño de Amazon.

La cadena de supermercado Whole Foods, una de las últimas apuestas de inversión de Jeff Bezos, el dueño de Amazon.

En Estados Unidos se están poniendo de moda los supermercados orgánicos: venden hasta bragas y calzoncillos de algodón ecológico y no tienen ni un rincón apartado en sus lineales para una Coca-Cola (¡ni siquiera zero!). El mensaje está claro: en una sociedad enferma de comida basura y de obesidad, la apuesta de la gente guapa, pudiente y pujante es por lo local, lo natural y lo saludable.

Estantes gigantescos de verduras, frutas y alimentos frescos, lineales kilométricos de productos de higiene y limpieza casi milagrosos -la moda este verano son los jabones de Castilla con fragancia a lavanda o peppermint que nuestras abuelas hacían neutros con aceite de oliva, agua y sosa-, interminables bufés de comida internacional con menús adaptados para todo tipo de alergias e intolerancias y una megafarmacia de complementos alimenticios -esto sí en tamaño king size- que asustan.

La cadena Whole Foods nunca duerme. Tampoco su pan de masa madre y las flores recién cortadas con que dar un toque de glamour a la lista de la compra. Guerra al plástico sin cuartel y un indisimulado trato de privilegio a los clientes que hacen sus compras en Amazon, con tres veces más parking para ellos que el reservado por ley a los discapacitados. Lógico, por otra parte, si tenemos en cuenta que Jeff Bezos no sólo ha ampliado su negocio a sectores influyentes como la prensa -la compra de The Whashington Post en 2013 sigue coleando- sino también a nichos estratégicos para el insaciable mercado digital como la distribución alimentaria -con esta transfronteriza red de supermercados de Texas se quedó hace dos veranos tras desembolsar 13.700 millones de dólares-.

En los restaurantes de la Costa Este empiezan a prodigarse los menús para mascotas -no piensen en una hamburguesa o una salchicha, que hablamos de propuestas de tres y cuatro platos de alta cocina, dieta especial y con postre incluido- sin que haya hecho mella en los templos grasientos de la fast food que siguen dominando los downtown en escala rascacielos y que compiten en los moles comerciales de la periferia y en las zonas de servicio de carretera con la creciente adicción a los tradicionales waffles y a los novedosos "churros" -se están internacionalizando más que nuestros aceites y nuestros vinos- sin mayor precaución que tener clausurados los baños para evitar convertirse en territorio de los homeless.

Es lo que tiene el país por excelencia de los contrastes, el del sueño americano y el cada vez más implacable con quienes osan fracasar. "Thrive", prosperar, es la palabra que más murales y carteles acapara en las ciudades; los sintecho, no los "inmigrantes" latinos por mucho que Trump sitúe el foco en el muro de México, son su gran crisis. Un periódico local de San Francisco dedicaba hace unos días un especial de 40 páginas a contar qué pasa con los homeless, por qué ni los millones que los ayuntamientos destinan al año a los programas de atención y refugio ni la acción que colectivos solidarios promueven a diario tienen resultado. Las estadísticas son demoledoras.

En ciudades como San Francisco, Los Ángeles, Las Vegas, Chicago o Nueva York probablemente se haya convertido ya en el problema más enquistado y grave de convivencia mientras que, en zonas exclusivas y prohibitivas como Palo Alto, ni existe para quienes pululan en los paisajes de cartón piedra de los gigantes tecnológicos. Allí no los tienen ni que esconder...

Pero, por encima de brechas y desigualdades, parece un problema más que llevadero para una sociedad que ha aprendido a vivir dejando a su propia gente en la cuneta y debatiéndose en esos otros dilemas trascendentales que ahora nos ocupan a todos: si en el bar tienen leche de soja y cerveza sin gluten, si las cerezas son ecológicas y si podemos ir a la tele y declarar que somos "ovolactovegetarianos"… Le acaba de pasar a la cantante granadina Rosa López cuando ha participado en Ven a cenar conmigo. Lo de los lácteos y los huevos no lo tiene nada claro, a la sopa que preparó Raquel Mosquera "le faltaba más pollito", se zampó los "animalitos del mar" de los tallarines -aunque le dio cosa- y confesó lo mal que lo pasó cuando tuvo que dejar de deleitarse con un buen plato de jamón…

Todo un lío. Pero no muy distinto al caos en que hemos decidido sumir nuestra dieta alimentaria. A la espera de ver cómo evoluciona la batalla contra la carne -no hace mucho lo era contra los lácteos y ahora resulta que vuelven a ser buenos los quesos, los yogures y hasta la leche entera-, casi lo más positivo de esta etapa de preocupación-obsesión con lo saludable que hemos hecho global es la tendencia por lo sencillo y natural que se empieza a imponer. Sabiendo que el consumo de productos como el vino, la cerveza o el chocolate va por barrios -hay estudios científicos para avalar lo que queramos-, deberíamos alegrarnos de que ahora sea un plus encontrar productos ¡con poco ingredientes! Unas patatas fritas, por ejemplo, que sólo lleven patatas, aceite y sal...

La alarma de estos días con el brote de listeria de la carne mechada -la nefasta gestión política de la Consejería de Salud empieza a desviar el foco sobre el origen mismo de una crisis realmente justificada y preocupante- debería hacernos preguntarnos si no acabamos olvidando y menospreciando consejos básicos de primero de urbanidad como lavarnos bien las manos y los alimentos antes de cocinar o no romper las cadenas de temperatura, si no nos estamos volviendo todos demasiado aprehensivos y paranoicos -las citas en Granada para evaluar posibles intolerancias alimentarias van ya por noviembre- y si, con tanto conocimiento y tanta sofisticación, no estamos desvirtuando el valor mismo de lo importante y lo superfluo, de lo relevante y lo anecdótico.

Por cierto, ¿se han hecho ya fan de la kombucha? Microbiótica, orgánica, energética, con burbujas naturales… Arrasa en medio mundo, compite en los lineales con los treinta tipos nuevos de agua "natural" con sabores exóticos y ni en países nórdicos se escapan a los poderes de este milagroso té verde que mejora el sistema inmunológico, contribuye a desintoxicar el hígado de toxinas, ayuda a hacer la digestión, restituye la flora intestinal, es antioxidante... El anuncio de promoción lo dice todo: "¡No sabes lo que puede hacer por ti!".

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