La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

La maldad

Poner escudo cuando salpica no es lo recomendable: el mal vence si saca nuestra venganza

Sobre el tapete de la actualidad se ha presentado la maldad sin máscaras para asaltarnos y dejarnos inermes y sin respuestas preparadas. Parecía ya asumida por todos como una gasolina invisible que todo lo alimenta y, de repente, le hemos puesto rostro y color y nombre y nacionalidad y forma de mujer sin alma ni corazón ni entrañas. El impulso del linchamiento no ha tardado en surgir, pero la ley con su razón frena a la turbamulta en sus ímpetus vengadores. Menos mal.

Sabíamos del mal por su eco en las pantallas por donde se nos cuela en los hogares, ese remanso o porción de bien que mantenemos como podemos como un tesoro que nos da algo de paz. Sólo con oír las voces destempladas del Sálvame o cualquier discurso de Trump, advertimos el eco de las cavernas, las llamas de Pedro Botero pero, de tanto verlos despedazarse o ensañarse con las miserias al kilo que allí se muestran, nos fuimos inmunizando, insensibles ya a ese runrún maldito que escuchamos como una banda sonora horrísona de esta modernidad cansada.

Pero esta salvajada tan retorcida nos ha sobrepasado. Tanto, que ha pedido la madre de nuestro 'pescadito', con esa su voz quebrada que es ya la nuestra, que no nos ensañemos con la presunta demonio. Cuesta refrenarse si aún no estamos noqueados por la costumbre de contemplar . En las redes ya piden la expulsión y la permanente revisable, una reacción comprensible pues lo atávico es protegerse como sociedad frente a lo irracional. También es lo razonable poner escudo cuando salpica, pero no lo recomendable: el mal vence si saca nuestra venganza, esa maldad aplazada, a paseo.

En caliente mejor no decidir. Tampoco tildar de 'negra' o 'extranjera' a la que así se hacía llamar y que no es más que un reflejo de cada cual. Los colores simplifican pero esta frialdad es tan opaca que aún está por desenmascarar a la alimaña en sus motivaciones y luego juzgar sin prejuzgar, que es lo que ahora se hace.

El golpe ha sido en todo el corazón. Difícil de encajar porque se escapa a nuestros parámetros que aún, afortunadamente, son los de la gente que cultiva lo bueno, ese jardín siempre en peligro de quedar seco y sin flores si no se riega de paciencia, comprensión y, sobre todo, de bondad, que falta hace para compensar. Y ahora más, ahora mucho más.

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