la columna

Juan Cañavate

La mano

NO era esta semana la más adecuada para decir frases como "hay que poner manos a la obra" o "si quieres te echo una mano". Y es que el macabro descubrimiento por una arqueóloga de una mano en un solar de Granada se ha convertido en una de esas noticias que salta a las cabeceras de los informativos de televisión antes aún de constatar la coincidencia de la aparición de la mano y la celebración del día de difuntos o jalogüin, que es como le llaman ahora los horteras de turno.

Y no es que sea una novedad para una arqueóloga encontrarse con un muerto entero o a pedazos, que viene a ser práctica habitual en ese incomprendido trabajo que supone la investigación y recuperación del pasado escondido bajo el suelo de Granada, es que los muertos de costumbre suelen estar, ¿cómo diría yo?, un poco más hechos, y el siniestro miembro cercenado de esta historia estaba, por decirlo de alguna forma, demasiado crudo para tener algún interés para la arqueología. Por eso ha tomado cartas en el asunto la policía, que no una policía cualquiera, sino una especial que se llama policía científica y que, tras marear la mano un poco más, con analítica incluida, como si hubiera ido al Centro de Salud de Gran Capitán, que creo yo que es el que le toca, ha concluido igualmente en que tampoco la mano tiene demasiado interés desde el punto de vista criminal, y que probablemente sea el resultado de una broma de los simpáticos estudiantes de Medicina. Lo malo es que en la Facultad han tardado nada y menos en contestar diciendo que ellos no han echado en falta ninguna mano y que los futuros médicos son muy serios para esas cosas, aunque se pueda pensar lo contrario viéndolos el día de su patrón san Lucas.

Total, que ahí anda la mano más sola que la una, más triste que un difunto y sin entender nada después de la gloria vivida. Y es que es posible que tengan todos razón y la mano sea de otra naturaleza menos mundana, más mística y a quien haya que preguntar sea a las parroquias del lugar por si les falta alguna reliquia, no sea que alguien haya afanado el relicario de una cripta y enterrado luego el miembro venerado en el solar para ocultar las pruebas. Imagínense que la mano fuera en realidad mano de santo y como el brazo de santa Teresa, además milagrero. Yo ahora ya no sé quién tiene la mano, pero si fuera listo el encargado de la custodia, probaría a pasarla por algún grano o verruga por si funciona la cosa y se puede añadir otra atracción turística-religiosa a esta ciudad que cada día se parece más a la corte de los milagros.

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