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¿A qué matojo estás agarrado?

Doy fe de las veces que la literatura me ha ayudado a sobrevivir y a evitar un buen costalazo

El Jueves Santo estuve un rato hablando con un costalero de la Aurora en la iglesia en la que mora la Virgen, allá en San Miguel. Me hablaba con una pasión y una determinación del paso que procesiona, que hizo aparecer mi envidia al instante: ¡Ay si yo tuviera una pasión parecida!, me lamenté. Si hay que dividir a los habitantes de esta ciudad entre los que participan en la Semana Santa (bien como penitentes o como asistentes a los desfiles procesionales) y los que no, yo soy de los segundos. No comparto ese entusiasmo por ir debajo de un trono o con una velita detrás de un paso, pero trato de entender a aquellos que lo hacen. El costalero me explicaba que los mejores momentos de su vida eran aquellos en los que iba a ensayar para superar todos los retos que le ponía el trayecto cuando llevaba la Virgen a cuestas. Me decía que se esponjaba su pecho de orgullo cuando se ponía de rodillas para sacar el trono del templo. Y mientras hablaba el costalero y me contaba con arrebato inusitado que todo el año esperaba ese día en el que pudiera meterse debajo del trono y llevar a su Virgen, yo pensaba en lo que un día escribió mi amigo Antonio Enrique, eso de que la vida es una caída libre desde un acantilado y cada uno tenemos que agarrarnos a un matojo para que el golpe no sea tan severo. El costalero se ha agarrado al matojo de la Semana Santa como yo me agarro al de la lectura para no estrellarme contra el suelo. En muchos actos a los que me invitan para presentar un libro, pronunciar un pregón o dar una conferencia, casi siempre aprovecho la ocasión para hacer apología de la lectura. En esta sociedad que cada día lee menos, siempre les cuentos mis experiencias como lector y doy fe de las veces que la literatura me ha ayudado a sobrevivir y a evitar un buen costalazo. Para mí no hay mejor feria que la del libro. Pero cada día soy más consciente de que el matojo al que me agarro puede ser igual de fuerte (o igual de débil) que el del costalero que es feliz llevando un trono, del que pinta bodegones o del que se va al monte a coger níscalos. Lo importante es estar agarrado el suficiente tiempo como para pensar que te has salvado de la caída. ¿A qué matojo estás agarrado tú?

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