En tránsito

Las mentiras

La democracia exige un mínimo territorio común entre los adversarios. Si desaparece, hay enfrentamiento civil

Veo a Donald Trump a punto de subir a un avión cuando un reportero le pregunta por su contrincante demócrata, Joe Biden. Trump se detiene, saca pecho, se lleva la mano a su pelambrera de color amarillo automotriz (así lo definen los catálogos de pigmentos), y declara con ese acento de matón barriobajero que le gusta adoptar cuando se dirige a la prensa: "Joe Biden es un criminal. Y usted como periodista es un criminal por no decir que Joe Biden es un criminal". En dos frases, la palabra "criminal" se repite tres veces. Y al mismo tiempo, leo estas declaraciones de la filósofa Judith Butler, feminista radical: "Si Trump gana, destrozará la democracia tal y como la conocemos". Es asombroso. Trump lleva gobernando cuatro años y las instituciones democráticas siguen en pie. Puede que sea un patán, un mentiroso compulsivo y un bocachanclas -y muchas cosas más-, pero Trump no ha destruido las instituciones democráticas norteamericanas. Y por el otro lado, ¿cómo se puede acusar de criminal -y repetirlo tres veces- a un contrincante político sólo por la turbia conexión de su hijo, Hunter Biden, en una trama corrupta ucraniana?

Es como si unos y otros -demócratas y republicanos- hablaran idiomas no sólo ininteligibles sino que provocaran violentas reacciones físicas en los oyentes (Borges podría haber imaginado esa clase de idiomas): idiomas, por ejemplo, en los que una simple palabra causara un furioso ataque de ira en el oyente de la otra lengua. En España -y en medio mundo- estamos llegando a esa misma situación. El adversario político es un criminal o un fascista que va a destruir las instituciones. No hay medias tintas. O se le apoya sin reservas o hay que destruirlo. Y por supuesto, si hace falta deshumanizarlo y convertirlo en un monigote -el paso previo a considerarlo una cucaracha que debe ser pisoteada-, eso se hace sin remilgos. Lo vemos todos los días.

La democracia liberal exige un mínimo territorio común entre los adversarios políticos. Si desaparece ese territorio intermedio -y ocupa su lugar una telaraña de mentiras e intoxicaciones propagandísticas-, el diálogo se hace imposible y todo está preparado para el enfrentamiento civil. Estados Unidos ya ha tomado ese rumbo. Otras democracias americanas -Chile es una- también parecen haberlo tomado. Y nosotros no vamos muy lejos. Fabuloso.

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