Balsas de piedra

ANTONIO DAPONTE

Entre metrópolis y el Joker

Si hay determinación política, el sistema de autobuses puede lograr lo que el metro ya ha conseguido: la metrópoli

En los próximos meses, el área metropolitana de Granada contará con un Plan de Movilidad, según declaraciones en este periódico de la consejera de Fomento de la Junta de Andalucía. Este Plan constituye una enorme oportunidad para afrontar con éxito dos retos mayúsculos: la adaptación al cambio climático y la reducción de la contaminación atmosférica a niveles legales y saludables.

La COP25, la cumbre del clima que se celebra en Madrid, es probable que nos traiga un acelerón europeo en la reducción de los niveles de emisiones contaminantes, que se añadirá a las obligaciones legales y compromisos políticos ya en vigor, y que exigen reducir drásticamente los niveles de contaminación atmosférica dañinos para la salud de los granadinos. En los próximos años, esa reducción tendrá que producirse sobre todo en el tráfico rodado.

La eficacia del Plan de Movilidad se juzgará en función de que consiga generar, o no, una nueva movilidad acorde con los compromisos por el clima, el medio ambiente y la salud. Y la clave no es construir más carreteras ni autovías. La clave será quitar coches de las calles, carreteras y autovías que atraviesan el área metropolitana, pero no ocurrirá mientras no haya un auténtico sistema de transporte público metropolitano. ¿Qué significa eso? Que los usuarios de los municipios del área metropolitana puedan desplazarse con una duración de los viajes asumible y competitiva frente al vehículo privado y mayormente sin transbordos. El sistema actual de autobuses es un lastre insuperable para la reducción del tráfico en vehículo particular, pues obliga a que los residentes de los municipios del área metropolitana -más numerosos que los propios residentes de la capital, y que generan la mayoría de los desplazamientos en vehículo privado- tengan que dedicar cerca de una hora en cada sentido, para recorrer los 10 o 15 kilómetros que los separan de sus destinos.

Si no se ponen de una vez por todas los intereses de la ciudadanía y la protección de su salud por delante de los intereses de las empresas de transporte y otros agentes de la movilidad, así como de los intereses de las grandes constructoras, el Plan de Movilidad fracasará. El mejor ejemplo de lo que se podría lograr lo proporciona el propio metropolitano, demostrando que cuando se facilitan desplazamientos rápidos y cómodos entre los municipios, el transporte público resulta sumamente atractivo para la ciudadanía, obteniéndose excelentes resultados. Si hay liderazgo y determinación política, capacidad técnica y participación ciudadana, el sistema de autobuses puede perfectamente lograr lo que el metro ya ha conseguido: la metrópoli.

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