El duende del Realejo

La mirada del rey

Por mucho que le pese a Iglesias, el rey nos representa a todos los españoles por definición constitucional

Siempre he creído y he querido creer mucho más en el valor de la libertad y de la educación, dentro de ésta, que en la autoridad ficticia que impone las ideas por principios represivos de la fuerza y la violencia.

Aunque pueda parecer extraño, el pasado lunes, día de la fiesta nacional, Día de la Hispanidad, se me revelaban estas ideas en esos tensos instantes en que, el vicepresidente Iglesias miraba, infantil, a un infinito inexistente para evitar, así, tener que mirar a los ojos y sostener la mirada, amable y respetuosa del Jefe del Estado -vamos, del rey de España- que, por mucho que le pese -y hasta le pueda joder, que a eso creo que llega- representa, nos representa a todos los españoles, por definición constitucional y por voluntad tanto del propio representante, como de la inmensa mayoría de los representados. Aunque es verdad, no es por unanimidad pues eso sólo acontece en aquellos países en los que las libertades públicas son sistemáticamente conculcadas, si no perseguidas, machacadas y anuladas.

Las libertades de hoy son hijas de una filosofía de vida amasada durante mucho tiempo y que encontró su gran escaparate en aquellas semanas parisinas en las que nacieron eslóganes como "Prohibido prohibir" o "¡Corre, el viejo mundo está detrás de ti!" y toda aquella colección de esperanzadoras consignas que, lejos de ser verdaderamente espontáneas, habían sido preparadas por grupos de intelectuales que, bajo la inspiración poética de André Breton, debieron ayudar, definitivamente, a sacudirse el corsé impuesto por los gobiernos de De Gaulle, en aquella primavera francesa del 68, tras la que nada en casi ningún sitio volvió a ser igual, excepto en los países comunistas y no sólo en los de detrás del "Telón de acero", sino también, en otros en los que el totalitarismo de la izquierda se había internacionalizado o el de las dictaduras de derechas que, también, aunque de otros modos, se habían "nazionalizado". La influencia de aquellos días en los redactores de nuestra Constitución es más que evidente.

La mirada del rey, en la mañana del pasado lunes, quiso cruzarse -lo vimos todos- con la de ese aprendiz de bolchevique, nostálgico del peor comunismo, de atuendo siempre inapropiado, rayano en lo ridículo y sin bagaje intelectual de valor que lo dimensione especialmente y que, en su fuero interno, esconde -ya mucho menos- el obscuro objeto de su deseo, que no es sino la práctica de la prohibición como forma para subyugar las libertades constitucionales de los ciudadanos españoles, esas libertades de las que el principal espejo es, precisamente, el rey Felipe VI. ¿O no?

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