El duende del Realejo

Los muertos del Gobierno

Ustedes no son quienes tienen que escribir ni interpretar la historia. Sólo deben de gobernar, cuanto antes mejor y para todos

La Historia coloca las cosas en el sitio en el que deben de estar. A lo mejor no es el que nos gusta, pero es el que la historia determina. Desde la lejanía en el tiempo, se difuminan esos visos subjetivos que despiertan nuestro interés por dar razones a unos o quitarlas a otros. Por eso, tratar de erigirnos en jueces, a estas alturas, no es sino fruto de la altanería, de la provocadora soberbia. El tribunal de Núremberg, hoy, no tendría ninguna verdadera autoridad.

Pese a todo, este Gobierno de pretendidos necrófilos forenses, se ha impuesto el arduo empeño de ser juez, árbitro e intérprete de cuanto aconteció en la guerra, entre todos aquellos de los que ya sólo quedan el recuerdo y algunos huesos. Y si se piensa fríamente, sin pasión ni ardor vengativo ni enaltecedor, puede ser hasta mejor, para no avivar el recuerdo de aquellos que fueron capaces de disponer de la vida de sus congéneres, no por estado de guerra, sino por tratarse de verdaderos, fríos, despreciables y temibles asesinos, llenos de vileza y oprobio.

Vaya por delante, antes de proseguir, que el que escribe, también tiene muertos de aquellos días, perdidos con la parca injusta en las obscuras cunetas.

No, no queramos ahora ser jueces, porque ni tenemos elementos verdaderos ni suficientes para enjuiciar con independencia, objetividad y hasta respeto, ni somos quienes para ello. Ni siquiera el Gobierno de la nación lo es. Su deber primordial -y único, si me apuran- es gobernar en beneficio de todos los que estamos vivos y fortalecer este que debiera de ser -y cada día lo es menos- estado de derecho de ciudadanos libres e iguales. A nadie reconozco -e invito a no reconocer- legitimidad alguna para interpretar la Historia, la que es juez por si misma y sin necesidad de que nada ni nadie se sustraiga a la arrogancia ridícula de querer interpretarla a su exclusivo interés y conveniencia. Y mucho menos querer legislar así para todos y en nombre de una supuesta paz y perdón.

Los que creemos en la Historia no podemos creer en esta torpe pantomima interesada que el Gobierno está llevando a cabo con esa -que aún es anteproyecto- Ley de Memoria Democrática, con que pretenden, en palabras de la Vicepresidenta Carmen Calvo, "encontrarnos con la verdad, la justicia, la dignificación de las víctimas, el perdón y la convivencia de los españoles". ¿Qué verdad? ¿Qué justicia? ¿Qué víctimas, cuales? ¿Qué clase de perdón y en que medida? Ustedes no son quienes tienen que escribir ni interpretar la historia. Sólo deben de gobernar, cuanto antes mejor y para todos, porque, aunque parece que no lo saben aún, son el Gobierno de todos los españoles, de todos los vivos, nos pese a unos o alegre a otros. ¿O no?

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