La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Un mundo en llamas

La inmoralidad de ciertos gobernantes no se justifica en que busquen la aprobación de su propio electorado

Nos asamos literalmente en nuestra propia hoguera. No solo por ser agosto y en Canarias o el Amazonas. También el resto del año comprobamos a nivel de calle lo que dicen los noticieros de todo el mundo: nos cocemos vivos, y solo es el principio. La causa no queda del todo clara. Unos dicen que es por la merma de la capa de ozono (axioma del culpable hombre blanco); otros aportan razones místicas, de cambio de era, de la llegada de alguna plaga o, los más emocionados, de la cercanía del último apocalipsis, ese que cada tanto se anuncia y que nunca acaba de llegar para tristeza de los milenaristas y agoreros del "todo irá a peor" y el "preparaos".

Las imágenes hieren con sólo verlas. Osos polares famélicos sin una foca que llevarse a la boca a falta de hielo que les dé cobijo; glaciares desaparecidos por completo en Islandia o la apertura de nuevas rutas del comercio marítimo por el Ártico ante la ostensible merma del hielo en los casquetes polares.

En tanto, y a pesar de la evidencia, el del peluquín rubio sigue en Babia lanzando imprecaciones contra todo el que le recuerde la evidencia de que esto del clima ya no es cosa de unos pocos. La inmoralidad de ciertos gobernantes no se justifica en que busquen la aprobación de su propio electorado, cosa que hace Trump sin sonrojo alguno, y mira que le funciona. Pero no es cosa solo del lerdo de la Casa Blanca. Ves documentales sobre el descontrol del tráfico de barcos mercantes quemando fuel por los océanos y te quedas a cuadros cuando te dicen que el organismo supranacional que los autorregula lo dirigen los propios países que fletan los barcos y se lucran con ellos. Y así sigues y no paras: China produciendo a todo trapo para crear consumidores sumisos con coche y lujos propios; o los brutos que van surgiendo aquí y allá (Brasil, Hungría, Italia) que a los problemas globales oponen una visión pequeñocentrista que salva a los propios y se olvida del mundo entero.

Cada habitante del mundo toma conciencia de que es cosa suya también que no nos acabemos de achicharrar del todo. Cada vez que se usa una bolsa de plástico; cada vez que echa por el sumidero cualquier sustancia contaminante sabe, bien lo sabemos ya todos, que contribuimos a que este mundo sea más ciénaga donde ya un día no quedará ninguno.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios