El duende del Realejo

Los nombres de las calles

Aún desapareciendo muchos oficios, las calles donde estaban los talleres constituyen el recuerdo

Tienen, incluso, una denominación concreta y académica. Se les llama "odónimo" y nace de la contracción de dos palabras de origen griego: "odos", significa camino y "ónoma", que significa nombre. Es decir que un "odónimo" no es sino el nombre de un camino, de una calle, de una avenida o de una vía geográfica de comunicación.

En algunos lugares se ha venido teniendo la fineza de denominar las calles, plazas y parques de manera que, además de honrar la memoria de destacadas personalidades en las ciencias, las letras, las artes u otros aspectos de la vida cotidiana, el conjunto puede llegar a constituir toda una historia colectiva, cuya memoria no se desea olvidar. Hay en Granada, por ejemplo, un barrio llamado de Los Periodistas y cada una de sus calles, que confluyen en una plaza central -que tiene el nombre de la Asociación de la Prensa- están rotuladas con el de todos y cada uno de los articulistas que, en 1912, se reunieron para crear dicha asociación.

Los nombres de las calles reciben, asimismo, el de los colectivos o gremios de antiguos oficios, algunos hasta desaparecidos, como pueden ser los de los toneleros, plateros, tundidores, tintoreros, zapateros, etc. Y aún desaparecidos algunos o muchos de esos oficios, las calles donde estaban asentados sus talleres o establecimientos, aún conservan los nombres y constituyen de ese modo el recuerdo histórico de unas u otras actividades profesionales.

Todos sabemos que hasta la denominación de singulares hechos históricos, que claramente han significado en importancia la historia de una nación, provincia o localidad, también han sido y son merecedores de nominar calles o plazas, como es el caso, por ejemplo, de Trafalgar, Lepanto o Dos de Mayo. En general son nombres que forman parte de nuestro acervo cultural y a nadie, con ellos, se pretende molestar o señalar negativamente. En el centro de Granada -ya que empleamos esta preciosa ciudad como ejemplo- hay una plaza llamada, desde tiempo inmemorial, Placeta del Negro y es que popularmente se le acortó la nominación, pues se refiere al negro Juan Latino, ilustre y sabio catedrático del siglo XV, de la Imperial Universidad.

El problema suele suscitarse, casi irremediablemente, cuando a una vía pública se le da el nombre de algún político o circunstancia o hecho con ese mundo relacionado. Entonces es cuando surge el embolado, el dilema y muchas veces hasta el trance, el compromiso e irreconciliable enfrentamiento. Ahí, ¡cuidado!, surgen las dos Españas, que se yerguen en peligroso lance, entre la sombra del garrote y el brillo amenazante de la navaja. Y es que somos así. ¿O no?

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