La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Una noria en el Salón

Ver el horizonte de Granada que anochece aquieta a la peor de las fieras, le devuelve a la condición de niño

Hay acontecimientos urbanos que a todos nos resuenan dentro. No hace falta que siempre sean muertes atroces, desfalcos infames, muertes repentinas de famosos o arbitrariedades urbanísticas con prevaricaciones varias tan al uso. La realidad, a veces, se toma una pausa en su girar sin sentido y nos regala la visión de un artefacto inmenso a la orilla del río que ha cambiado del todo el horizonte del Salón para tocarnos en lo más íntimo.

La noria allí instalada ha conseguido ya su primer milagro al subir a dar una vuelta a dos políticos que llevan meses a cara de perro y de puñalada en puñalada de enemigo íntimo. Y es que la ocasión requería ese armisticio. Ver el horizonte de Granada que anochece aquieta a la peor de las fieras, le devuelve a la condición de niño.

Porque lo urbano también es esto, bien lo sabemos los urbanitas convencidos. Al menos lo fue y parece que ahora, en estos tiempos finales en que nos enteramos que nos hemos cargado el planeta que recibimos como regalo cuando nacimos, queremos restaurar aquello que nos reconcilia con lo elemental, con la tierra de la que nos olvidamos de tanto querer arañar los cielos y vivir en ellos. Un mundo que tiene que reunir a sus gerifaltes en Madrid para recordarles que lo de salvar el planeta ya no es cosa de superhombres ni de visionarios, sino de los hombres de a pie, de todos y cada uno de los miles de millones de los que consumimos sin freno tanta basura reciclada en un ciclo infernal que devora lo que toca, insaciable maquinaria sin más objetivo que devorar a sus hijos.

Mientras el mundo se debate entre sobrevivir o sucumbir a su voracidad misma, se produce este adelanto de Navidad, que no otra cosa ha sido esta noria que se ha colado entre nosotros con sigilo. Con el árbol de Navidad del Nevada como telón de fondo desde determinadas perspectivas; el río Genil discurriendo tranquilo con su patena de agua a sus pies; las farolas parisinas dibujando hileras en su entorno; el kiosco de música de cuando había música los domingos; alguna atracción infantil y el largo paseo por alfombra hasta la noria que gira blanca y a su ritmo, como dejándose ver y dejando ver por un tiempo la cadencia del tiempo que transcurre, pero al ritmo que tantas veces olvidamos hasta que miramos estas estampas casi quietas y que nos devuelven a nosotros mismos.

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