Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Cuando octubre era otoño

Recuerdo nítidamente cuando en octubre era otoño". La frase, más bien un verso largo, se la robo al periodista Jorge Molina. Vivimos tiempos de inquietud climatológica, de avisos ruinosos de la sequía y sus nunca prometedoras consecuencias. He sabido de monteros que, abierta la veda, han acudido hoy a sus puestos con cierta amargura: "Es desolador ver que los animales se hacen presentes no por el ruido sordo al correr en manada, sino por la polvareda que van levantando cuando las rehalas baten la mancha y levantan a las reses y los cochinos de sus encames". Uno cuenta con clases diversas de amigos: mientras que quien me brindó la nostalgia del otoño fresco, ventoso, lluvioso y cambiante es ecologista y -aventuraría- contrario a la cacería, el aficionado a la caza se siente igualmente ecologista; más que igualmente, contrariamente. Muchos no toleran que el cazador -no siempre- sea un amante de su sierra y sabe de lo necesario lo descaste: para cuyo vigilar severo está el Seprona.

Hablemos de la polvareda que surge de la espantada, de la sequedad de los montes y las tierras de cultivo, de la amenaza que la pertinaz falta de agua proyecta sobre la economía agraria; sobre toda economía, a la postre. Uno, acongojado por el cambio climático, se agarra en estos días a la creencia de que los ciclos son parte de la vida de los infinitesimales seres soberbios que creemos dominar el planeta finito. Uno quiere creer que esta promesa de empobrecimiento por la falta de lluvia no va a convertir el futuro de nuestros hijos en una película catastrófica, como de Mad Max o la horrible Waterworld. Que las gotas de agua redentoras faltan ahora por un imperativo cíclico que todo aquel que tiene cierta edad ha percibido antes. Que los registros de "el año más seco conocido" son eso, registros, o sea: si antaño no se disponía de datos normalizados y, por tanto, fiables o siquiera comparables a lo largo de los años, hay esperanza de que no todo el desastre que se nos asegura sea cosa antropogénica, es decir, causada por una humanidad irresponsable y pastoreada por el demoníaco capital y sus hidras.

Uno, despavorido como un jabalí en estampida, espera que la lluvia vuelva a reconciliarnos con la Tierra, aunque sea de la mano de una Dana dañina pero no criminal. Y que las latas de sopa de tomate lanzadas anteayer sobre Los girasoles de Van Gogh nos ayuden a tomar conciencia de que, creyéndonos todo, no somos más que poca cosa. "Oh, Dios, yo podría estar encerrado en una cáscara de nuez y considerarme un rey del espacio infinito" (Shakespeare, Hamlet; que no he leído).

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