Bloguero de arrabal

Pablo Alcázar

coleraquiles@gmail.com

Estoy odiando locamente

El odio es un sentimiento inquietante, tan productivo como el amor. Ambos desestabilizan. Mejor no sentirlo

Me ha gustado siempre pensar que soy incapaz de odiar. Pero este resentimiento que ha empezado a amargarme la existencia se parece demasiado al odio. Me considero un privilegiado, no he recibido de la vida nada más que las dentelladas esperables; las que nos hieren a todos: hasta ahora, he comido tres veces al día, me he lavado cuando he querido (que no ha sido siempre), no me ha faltado ropa ligera para el verano ni de abrigo para el invierno. Ni techo. Y aunque me crié en una paz arisca y vengativa, tras una guerra civil, crecí en la parte de los vencedores sociológicos de la contienda. ¡Qué fácil resulta estar limpio de odio si no te han matado a nadie!, y ¡qué mérito el de los que, habiendo sufrido pérdidas irremplazables durante el conflicto, y después, fueron luego personas de paz y de reconciliación! ¿Será odio esto que siento ahora? Esto que me enfada y me encrespa cuando veo la incapacidad de los actuales gobernantes para gestionar una paz democrática, llena de contradicciones, de intereses contrapuestos, de aspiraciones de todo tipo, cuya discusión y resolución tendrían que tener encaje en una nueva constitución, que a nadie interesa elaborar para vivir permanentemente sobre los provechosos conflictos que ocultan y difuminan la mediocridad y la rapacidad de los que tendrían que resolverlos. El debate electoral me trajo a la memoria, una vez más, una frase del Tito Livio que sintetiza la situación de parálisis y estancamiento a la que puede conducir la mala gestión de los asuntos públicos: "Hemos llegado a un punto", el se refería a la Roma de hace más de 20 siglos, "en el que no somos capaces de soportar nuestros vicios ni los remedios que podrían corregirlos". Oyendo a aquellos cinco políticos, se me hizo patente que España se encuentra en una situación parecida de parálisis y estancamiento. Y pensé que lo más razonable era no dar la razón a la sinrazón de ninguno de ellos. Sentí entonces odio y soledad. No soy tan estúpido como para creer que yo tengo la razón y que los demás carecen de ella. Pero al ver como los medios de comunicación y los candidatos se apresuraban tras el debate a proclamar un ganador, me volví un poco loco. ¿Cómo es posible, pensé, que habiendo perdido el país entero haya ganado alguno de estos mediocres tuneaos?

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