Quousque tamdem

Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

Los ofendiditos

Hasta la bobada más pueril nos provoca sarpullidos y nos indigna que alguien se atreva a pensar distinto

Estamos de un tiquismiquis que debería preocuparnos. Lucimos una piel tan fina que hasta la bobada más pueril nos provoca sarpullidos y nos indigna que alguien se atreva a pensar distinto. La extravagancia y la heterodoxia son anatema. Viva el pensamiento único. Todo es un insulto inaceptable. El lenguaje como delito. Sea porque la palabra ofende por sí misma o porque no se habla como dicta la corrección política del todos y todas, a los que se añaden, para empobrecer aún más el idioma, tod@s, todxs y todes. Como sigamos así, antes de terminar la salutación se nos va a acabar el tiempo de los discursos. O eso, o nos va a pasar como al ciudadano ilustre cuyo pregón de Navidad se resumió en esta letrilla: "Habló Federico Muelas / y al acabar el discurso / la mitad de las pastoras / eran ya todas abuelas".

No se pueden hacer chistes sobre casi nada porque quien pasó por alguna situación similar podría sentirse ofendido. El piropo -sea cual sea y se diga en la circunstancia en que se diga- ya es un crimen de lesa humanidad y nombrar una calle, dados los requisitos exigibles al candidato a rotularla con su nombre, va a convertirse en una epopeya digna de Homero. Fumar es un acto genocida. Son millones los fumadores pasivos a los que llevaremos a la tumba cinco minutos antes por haber pasado cerca de nosotros y aspirar el humo del tabaco que ya supera en nocividad inmediata a los gases que hace un siglo sembraron de muerte los campos de Flandes. ¿Y beber? Beber es abominable. El alcohol nos embrutece y nos deshumaniza. Y para qué hablar de los toros. Todos asesinos: toreros, aficionados y críticos taurinos. Ni uno se salva. Ya mismo volveremos a ver aquellos letreros añejos que anunciaban "Se prohíbe el cante". Porque las letras ofenden. O son delito o atentan contra las mujeres o contra los hombres, los gays, los funcionarios públicos o los militares sin graduación. Y el bailar se va a acabar. Los bailarines no pueden convertirse en un mero objeto que satisfaga los instintos sensuales más primaros de los espectadores rijosos. Y lo mejor de todo es que para condenar todos estos crímenes no necesitamos jueces porque el juez supremo es el pueblo y las turbas deben ser las fuerzas del orden de esta utopía ultramoderna que nos prometen los apóstoles del nuevo orden.

Me da que está modernidad se parece cada día más al puritano y añejo catarismo que inspiró tantos relatos de terror gótico.

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