Cajón de sastre

Casi off

Usted ya no es usted y sus circunstancias; usted y yo somos, cada vez más, nosotros y nuestros móviles

Reconozco que escribir esta columna me ha costado mucho esfuerzo, casi tanto como los (casi) cinco días que transcurrieron sin que el móvil estuviera mandándome señales y noticias; y no por un fallo en la red como recién ocurrió en alguna de esas redes que nos atrapan, que luminosa alegoría, sino por decisión propia de apretar largamente el botón y apagar el aparato. ¿Pueden ustedes recordar la última vez que decidieron apagarlo o siguen agobiándose cuando el artefacto les dice que la batería esta peligrosamente baja de carga o entran en histeria incontrolable cuando les llega la señal de que "este aparato se apagará en quince segundos, catorce, trece…"?

Reconozco que (casi) cumplí la promesa personal, pero por amistad hacia las Pilares conocidas y perdida la apuesta con mi hija, volví a conectarme al mundo para felicitarlas y luego, esta vez con menos dudas, volví a desconectarlo. El nuevo apagón fue más fácil, tuve menos remordimientos culpables. En los escasos minutos que estuve de nuevo atrapado en las redes hubo una noticia que me ayudó mucho a desconectarme. Pasó unos instantes por la pantalla y pensé que estábamos en el día de las noticias inocentes o quizás era una nueva provocación de los independentistas. Decía algo así como que un presidente había soñado con que cierto jugador, que gana millones cada vez que respira, podía jugar gratis con su equipo.

Con aquello en la retina ya no dudé en volver hacia el pasado, no tan lejano créanme, y asegurarme que se puede vivir sin mirar la pantalla cada cinco minutos o sin preguntarse diez veces al día: ¿dónde he dejado al dichoso y mal llamado teléfono móvil? En realidad lo de seguir denominándolo teléfono solo debe ser porque tiene un número asignado y nos recuerda a los aparatos en los que había que teclear los números. Ahora, si es que se usa para llamar, creo que nadie memoriza los guarismos, para ese esfuerzo está la lista de memoria, aquello que se anotaba en agendas de papel, o directamente te reconoce el número deseado al tercer o cuarto dígito.

Reconozca conmigo que usted ya no es usted y sus circunstancias; usted y yo somos, cada vez más, nosotros y nuestros móviles. ¿En verdad, para reír la última ocurrencia de un dirigente, del tipo o clase que sea, necesitamos estar colgados al aparato? Por eso y por otras muchas tonterías, le diría que lo mejor es estar (casi) desconectado. Reconozco que me costó mucho. Vale.

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