Cajón de sastre

En papel amarillo

La de veces que habré oído en el metro: "Se va a cortar la llamada, es que vamos a entrar en el túnel"

Ocurrió hace unos días, justo después de un fin de semana en que me había propuesto apagar el móvil y no volver a encenderlo hasta el siguiente día laborable. Reconozco que no pude cumplir mi promesa. La rutina me llevó a consultar el correo electrónico y uno de los mensajes me llevó a conectar de nuevo el teléfono. Y total la llamada, en realidad un mensaje, era para encargar a una compañera que asistiera a una reunión. Aquello, pensaba, era una especie de "oca a oca y tiro porque me toca".

Cuando volví a desconectar el móvil, ese tirano que nos marca los tiempos y nos controla en todo momento, me detuve a pensar desde cuándo no lo había apagado, más allá de alguna vez que había agotado la carga. ¿Realmente me era tan imprescindible? En el bus o en el metro podemos contar tantas personas como dichosos aparatos, probablemente habrá más cachivaches electrónicos que personas; al móvil sumemos los PC que llevan los estudiantes en sus mochilas.

¿Cuántas veces miras a tu alrededor y solo vez cabezas bajas hacia una pantalla y dedos pulgares tecleando a toda prisa? Pareciera que a las ocho de la mañana todo depende de que ese mensaje llegue. Y en el metro, la de veces que habré oído: "Se va a cortar la llamada, es que vamos a entrar en el túnel".

Todas esas ideas iban y se marchaban por mi cabeza, era temprano. Acababa de comprar el diario, esa rutina que tengo desde hace más de cincuenta años cuando mi padre me mandaba a compararlo en el kiosco de la plaza de la Trinidad. Había encendido el móvil y ya me llegaban los primeros mensajes. Las noticias de los deportes, mi hija que empezaba sus clases, la tienda de comida que mandaba el menú del día.

Y ocurrió. En un banco había un chico joven, no más de 25 años pensé, con su barba muy arreglada a lo hipster, me dije, y con sus auriculares, gafas de sol; lo tenía casi de frente, sol de mañana de primavera. Y entre las manos mantenía un libro, con páginas amarillas, un libro que estaba leyendo absorto. Me detuve y me fije en el título. Preludio a la Fundación de Isaac Asimov. Yo leí la Trilogía de Fundación con menos edad que aquel joven, en unos libros que ahora tienen sus páginas tan amarillas como aquellas. Apagué el móvil y la mañana me resultó maravillosa. Vale.

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