Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Una pausa entre la prisa

El templo del Sagrario es el espacio idóneo para el encuentro silencioso con el misterio

Hace ya un lustro, en mi cincuenta cumpleaños, tuve la suerte de ir a París por unas semanas a respirar y sentir la ciudad. Cogí una habitación en un hotelito de Montmartre y arranqué mi novela sobre el oro de Van Gogh con grande e inspirada satisfacción. Paseé la sacrosanta colina, conocí sus rincones y, por supuesto, visité la blanca abadía que corona el horizonte con nubes de Amélie.

Allí, de 'flaneur'-escritor parisino, descubrí un rito encantador. En una recoleta capilla del templo algunos fieles se relevaban hora tras hora, día tras día, sin pausa, para resacralizar el espacio. Luego supe que esta práctica seglar fue la razón por la que se levantó el templo allí donde las bombas prusianas convirtieron en un inmenso socavón la Comuna de París de 1870, justo el lugar donde los parisinos alzaron ese lugar, Montmartre, en honor a la paz. Efectivamente, nunca más ha habido bombas en París desde entonces. Curioso.

De vuelta a Granada pensé qué hermoso sería algo así por aquí. Volver a la simplicidad, liberar de ritos lo sagrado y huir del lío mental para tan solo contemplar. Tan sencillo y tan difícil de encontrar.

Siglos después, el círculo se cierra y a las tres de la tarde del domingo comenzó en la capilla de los Pérez del Pulgar del Sagrario lo que vi en París. Un lugar para la calma entre la prisa sin más aspiración que estar presente ante lo absoluto. Y así será en adelante día y noche sin interrupción. Abierto a quien quiera entregar una hora a la inactividad más productiva. Tan solo estar, ser, parar, encontrar, encontrarse. Escuchar.

A Granada todo llega aunque tarde. También la adoración perpetua. De hecho, el templo del Sagrario fue levantado para la contemplación. La Nueva Jerusalén granadina ansiada por los Reyes Católicos tendría ahí el espacio idóneo para el encuentro silencioso con el misterio. De ahí esa arquitectura recogida que se respira en ese espacio erigido sobre la antigua mezquita. Lo sagrado sobre lo sagrado suman en la sucesión de las civilizaciones.

Decía Karl Rahner que "el cristianismo o será místico o no será". La pandemia cruel ha traído esta necesidad de reencuentro presencial que prende por doquier. En laicos, en ateos, en budistas, en luteranos y en católicos, por supuesto. Tanto ruido tenía que encontrar su antídoto de silencio. Como ocurría en Montmartre, para el que quiera zambullirse en Él, en su paz.

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