El poder de los camareros en verano

En verano es raro no encontrarse con la suficiencia de un camarero que te ignora por muchas veces que lo llames

El catedrático Francisco Ferroll Murillo la definió bien en su famoso discurso de investidura como doctor honoris causa de la Universidad de Granada. Para él la malafollá consiste en la destrucción espontánea, sin mala intención, de la alegría de los demás. Se entiende, machacarle la ilusión al que va estrenando traje, al que presume de caballo, de casa, de coche, de mujer o de libro. El granadino le encontrará rápidamente los vicios ocultos de la cosa: la arruga en la espalda, la mala cara, el color de la carrocería, la cojera disimulada… y lo dirá incontinenti, sin pensar que puede herir a su interlocutor. "Pocos mitos de la vida cotidiana pueden aguantar esta corrosión implacable", decía el profesor en su discurso. El otro día tuve que explicarle a un amigo que se quejaba de un camarero que le había atendido de mala gana. "Ese camarero es un malafollá", me dijo. Le tuve que aclarar que no, que eso no es ser malafollá, simplemente ese camarero está ejercitando el poder que tiene. Ahora en verano nos acercamos en masa a los bares, tabernas y chiringuitos en busca de una cerveza fresquita o un tinto de verano. Y es raro no encontrarse con la suficiencia de un camarero que te ignora por muchas veces que lo llames. O te sirve con tan mala gana que hasta te sienta mal la cerveza. Algunos camareros, por supuesto no todos, practican la venganza de manera implacable llevando en su mente la lógica de la situación: tú te estás divirtiendo mientras yo estoy trabajando, pues te vas a enterar. Y te enteras porque por mucho que lo llames o reclames su atención en un local abarrotado de gente, a veces hasta saltando a modo de banderillero que trata de hacerte notar ante el toro, jamás se dará por aludido. Y si acaso te mira, lo puede hacer con una mirada tan fría que te hará sopesar si pedir o no una cerveza helada.

Cuando Quino presentó su libro Potentes, prepotentes e impotentes dijo que el ejercicio de poder no solo lo ejercen los políticos y los burócratas. Y puso como ejemplo el simple hecho de ir a un bar o restaurante y quedar bajo el dominio de un camarero. Así que si este verano usted se encuentra con un camarero que no le hace caso o le sirve con una mirada rayana en el desprecio, no es un malafollá, simplemente está ejerciendo su poder. Ya te digo.

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