Vivía en el nº 7 de la Rue de la Paix en París. Llegó sin hablar francés y con cinco libras en el bolsillo, se llamaba Charles Worth y sin saberlo parió el concepto marca. No sólo se convirtió en el modista de la Emperatriz Eugenia de Montijo, sino que junto a ella revolucionó la moda: "El permiso concedido para aparecer en las recepciones del lunes por la noche de la Emperatriz había sido retirado. La causa: vestido impropio en la última velada de las Tullerías" (Godey's Lady's Book.1869). Reinas, princesas y cortesanas de Europa deseaban al couturier de la granadina y querían en sus vestidos una pequeña etiqueta con el nombre del artista acariciarando la nuca. De otro modo ni el diseño ni el brillo de la seda ni los colores hubieran sido lo mismo.

Había nacido una empresa que el siglo XX afianzó y extendió más allá de la ropa, de las joyas, de los complementos. Más allá de Coco, de Balenciaga, de Dior, la realidad se imponía y la industria la legitimaba según su conveniencia, elevando a un nivel que traspasaba todo límite, lo cotidiano, lo barato, lo que incluso era motivo de chanza. Fueron sonoras las burlas contra aquellas mujeres obligadas a vestir pantalones, monos, tejanos, a veces incluso las botas de sus maridos a los que tuvieron que sustituir en las fábricas, mientras ellos se mataban en el frente. Vestimentas que resultaban un tremendo disparate sin etiqueta. Trajes de chaqueta confeccionados con el paño de los abrigos de unos hombres que no estaban, cobraron otra dimensión y, sobre todo, otro precio cuando, cosida en el cuello o en la cintura, lucía una firma. De las pequeñas boutiques a los grandes almacenes. Cambia la voluntad y el entendimiento y los precios abusivos adquieren una justificación fuera de toda moral. Aún hoy, conocedores de lo que supone la industria, pesa la marca.

Me informa un muchacho en el Centro Comercial Arabial que debo pagar 149 euros por retirar las gotas de lluvia de la carrocería de mi coche, 47,52 euros menos que el sueldo mínimo mensual de su país de origen (229 dólares, unos 196,52 euros). Justifica mi estupefacción amparando el abuso en la marca. Estoy en El Corte Inglés, puntualiza orgulloso enseñándome un cuaderno con el precio. Produce ternura ver que cree en la letra impresa. Las empleadas de El Corte Inglés están tan estupefactas como yo, pero dicen que es una empresa externa y niegan cualquier relación con el lavado de coches. Los grandes emporios echan a los perros para buscar la presa, obtenida ésta solo cabe sacrificarlos. Pero el perro es siempre servil al amo.

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