Bloguero de arrabal

Pablo Alcázar

coleraquiles@gmail.com

Un populista en apuros

Llegar al Kiabi, desde el Zaidín o desde el PTS, se ha convertido en una misión de alto riesgo para mi amigo Pánfilo

Me cuenta Pánfilo, mi jubilado disruptivo, que no hay forma de llegar al Kiabi en bicicleta desde su casa. "Y me veo obligado -se me queja-, a atravesar la autovía, desde el PTS, por el túnel del Metro. No soy un suicida y le tengo cogido el tranquillo: pasa un tranvía cada 10 minutos, espero unos segundos, y atravieso detrás del último. Siempre con el miedo de cruzarme con el tranvía procedente de Armilla y que se me asuste el conductor. La aventura merece la pena, porque uno debe salir todos los días, si te dejan, con una misión; no tirarse a la calle a lo loco. Iba a descambiar un pantalón. Las encargadas de las devoluciones del Kiabi y de tomar nota de cuántos centímetros hay que meterle al falso del pantalón, si te queda largo, son unas auténticas profesionales; ni rastro de la malafollá que una leyenda urbana atribuye a los dependientes del comercio tradicional granadino. Me gustó que me reconociesen, pese a la mascarilla y la gorra, sólo por la voz y por el populismo encantador que exhibo, que no siempre surte efecto y a veces termina en catástrofe -prosigue mi amigo-, aprendido de mi madre, con el que suelo tratar, humildemente de soberbia investido, a los que trabajan en las llamadas artes mecánicas o manuales a los que presumo, sin fundamento, de formación inferior a la mía. Esta estrategia de ser afectuoso, deferente, cercano, para luego desaparecer, como buen populista, cuando se me necesita -admite Pánfilo-, no siempre tiene éxito y, hay ocasiones en las que el beneficiario de tu caridad social, te manda a la mierda. Pero las chicas del Kiabi, no. Incluso hablamos de las dificultades del momento presente y, una de ellas (madre de dos hijos), de los problemas escolares del confinamiento. Hasta me hicieron una foto para la persona que me había regalado el pantalón, con unos vaqueros de pitillo que me hacían un culo horroroso. Al final, les di las gracias por su amabilidad y por haberme reconocido por la voz o por el brillo de mis ojos, pese a la mascarilla". "No, caballero, no han sido los ojos -le dijo la probadora mi amigo-, es que no hay muchos clientes a los que le caigan tan mal los pantalones y eso una profesional no lo olvida fácilmente". Refiere Pánfilo, que tras la experiencia, decidió no volver por las vías del Metro, por si le daba por arrojarse a ellas.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios