Las dos orillas

El preso

A veces mira hacia el porvenir y le inquieta el desasosiego de estropear su vida por un error de cálculo

En la soledad de la cárcel de Estremera, las horas le parecen largas, y a ratos grises y tediosas. Las soporta con resignación. Reflexiona sobre los momentos que ha vivido, los alardes inútiles, las declaraciones sin sentido, las chulerías que sobraron, las últimas oportunidades que no aprovecharon para cambiar el destino. El preso Oriol Junqueras es creyente, católico, y se reconforta en la oración. A veces recuerda a su familia, y mira hacia el porvenir, y le inquieta el desasosiego de estropear su vida por un error de cálculo. Pero no se arrepiente. A diferencia de algunos, que se alegran de que esté entre rejas, yo lo lamento. Me parece triste, y en estos momentos poco oportuno. Recuerdo la frase de Concepción Arenal, que fue pionera del feminismo y la atención a los presos: "Odia el delito y compadece al delincuente".

Mientras Junqueras sigue en la cárcel, en Barcelona la secretaria general de ERC, Marta Rovira, se ofusca con la ausencia de su líder, y dice mentiras que encubren una verdad. Pues miente bochornosamente cuando insinúa que el Gobierno de España amenazó al Govern de Cataluña con enviar al Ejército y sembrar las calles de fuego y muerte. Miente, pero detrás de esa mentira hay una verdad: el independentismo necesitaba muertos para salir adelante, para convencer a Europa de que España no es una democracia como las demás, para indignar y sumar a los catalanes que no quieren ser independientes, para reforzar los apoyos podemitas y comunes.

Necesitaban unos féretros envueltos en banderas independentistas.

En la indignación que magnificaron los rusos y venezolanos en las redes sociales, después del 1-0, quedó muy claro que el victimismo era básico en esa estrategia. Proceder no sólo con prudencia, sino con aguante, ha sido fundamental. Mejor dos palos de menos que uno de más. Mejor que corten el AVE en Gerona, con la pasividad de los Mossos, a que la Policía Nacional demuestre que la calle es suya.

Mientras Junqueras y otros compañeros de viaje están expiando sus culpas por prevención, sin haber sido condenados todavía, el gran impulsor político de la independencia, que fue Artur Mas, continúa reuniendo el dinero para seguir en libertad y pidiendo el aplazamiento. Y, en Bruselas, el gran ejecutor, que fue Carles Puigdemont, cena y se hace fotos con diputados flamencos, aprovechando los resquicios de la benévola Justicia belga.

A lo mejor, antes del 21 de diciembre, sería más justo y necesario soltar al preso y encerrar al prófugo.

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