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Luis Chacón

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La revolución de los Tartarines

Son los que dicen que la Transición fue un pasteleo porque de estar ellos organizan una revolución que ni la rusa

Tartarín vive en Tarascón. En la deliciosa Provenza. Es el presidente del club local de cazadores y deleita a sus contertulios con la ardiente narración de fantásticas aventuras a lo largo y ancho del mundo que dice haber recorrido aunque nadie recuerda que haya salido nunca de su plácida ciudad. Para una naturaleza como la suya, para un alma aventurera y loca que solo sueña con batallas y correrías a través de desiertos y sabanas, su plácida vida burguesa en Tarascón no le satisface. Así que un día, por fin, decide lanzarse a la aventura, se embarca en un paquebote y llega a Argel disfrazado de turco que según él es la forma apropiada de vestirse para cazar leones en África. En los arrabales de Orán se topa con un viejo ejemplar, ciego y desdentado, al que abate de dos balazos después de superar el terror pánico que le provoca la fiera. El león, desgraciadamente para Tartarín, era el reclamo que usaban dos mendigos para conmover las almas de los viandantes y sacar unas monedas. Así que indignados con el héroe, le dan una somanta de palos y le hacen pagar una cantidad desorbitada por la piel tiñosa del animal que envía al boticario del pueblo. Y a su vuelta, no se sabe muy bien porqué, es recibido como un héroe. El paladín de Orán, el cazador de leones.

Vamos a celebrar los cuarenta años de la Constitución y de la Transición. El momento en el que un grupo de políticos de todo signo e ideología colaboraron para desmontar una larga dictadura y dar paso a una de las democracias más asentadas de Occidente.

Pero España es desmemoriada y petulante. Quizá por eso abundan los Tartarines revolucionarios. Son esa gente jactanciosa, engreída y algo fatua que se hizo anteayer antifranquista, con el mismo peligro que tiene hoy convertirse en partidario de Juana la Beltraneja. Se ufanan de ser antimilitaristas porque gritan, desde una cuenta anónima de twitter, cuatro inconveniencias a los mandos que asisten al Salón de la Enseñanza de Barcelona. Y llaman fascista a todo el que no piense lo que es obligatorio pensar. Son los que dicen que la Transición fue un pasteleo porque si llegan a estar ellos organizan una revolución que ni la rusa del diecisiete. Y lo hacen desde el sofá de su casa, con el portátil en el regazo, escuchando Imagine y tomándose un té ecológico en una jarrita con la cara del Ché Guevara en blanco y negro y la estrella de la boina bien pintada de rojo. Esa gente.

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