Quousque tamdem

Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

¡Hasta siempre, chatín!

Celebrar los noventa ante una platea abarrotada que te ovaciona no es algo de lo que puedan presumir muchos

Suelen decir los actores que les gustaría morir sobre el escenario. Molière expiró en su casa al poco de salir del teatro, pero siempre se ha dicho que expiró sobre las tablas interpretando El enfermo imaginario. Quizá sea esta leyenda el origen de un deseo tantas veces escuchado y que Arturo Fernández, en cierto modo, pudo cumplir. Celebrar los noventa años ante una platea abarrotada que te ovaciona no es algo de lo que puedan presumir muchas figuras de la farándula.

Hijo de un anarquista asturiano exiliado tras la Guerra Civil, llegó a la interpretación por casualidad. Sólo después de ganarse la vida como figurante, en un buen número de producciones de finales de los cuarenta, consiguió hacerse un hueco como galán romántico. Sus interpretaciones de sendos delincuentes en Distrito Quinto y poco después en A sangre fría, -una película a la que los dólares de los productores americanos cambiaron el nombre diez años después, para poder estrenar el clásico homónimo de Richard Brooks, basado en la novela de Truman Capote- le consagraron como un actor respetado con un registro muy alejado del que nos ofreció en los últimos años de su carrera. Para quienes duden de su capacidad actoral, les recomiendo que vean el duelo interpretativo con Paco Rabal en Truhanes, tanto en la película como en la serie televisiva. Y que después, opinen. Galán, elegante, amable y simpático, construyó un personaje casi paródico y tan del gusto del público que en aquella serie familiar y absolutamente blanca que fue La Casa de los líos se convirtió en el favorito de los niños de media España.

Le llamaron machista quienes no saben que es la elegancia y la galantería; le criticaron por su ideología quienes creen que la cultura es patrimonio de la izquierda en cualquiera de sus manifestaciones y hasta le echaron en cara que presumiera de sentirse español, como si a él fuera a preocuparle. Asturiano orgulloso, llevó a su Gijón natal por bandera y allí ha querido recibir el último adiós. Se nos ha ido un caballero y un señor de los que sabía lucir una corbata y vestir un traje con clase. Algo cada vez más raro en esta España sincorbatista de chándal y chancletas.

Me lo imagino esperando para entrar al cielo. Besando la mano a las señoras, sonriendo y lanzando requiebros a diestro y siniestro, antes de preguntarle a san Pedro: "A ver, chatín, a los guapos, ¿en qué parte del cielo nos toca?" Descanse en Paz.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios