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El lanzador de cuchillos

El sueño de las manzanas

Carlos Cano fue corista del Cádiz caletero, amante en París, santero en La Habana y 'resucitao' en Nueva York

En su última entrevista Carlos Cano le hizo una confidencia a Jesús Quintero: "Tengo un corazón de corcho: me agarro a él y nunca me hundo". Pero un día de diciembre, verdiblanca la tristeza, se nos partió el corazón a los andaluces agradecidos y desde entonces echamos de menos su luz y su guía, la fortaleza de su ternura, su pasión por el sur donde habitan los olvidados. Cuánta falta nos hacen hoy la independencia y la sobria rebeldía de este andaluz cernudianamente triste, que defendió la alegría como un estandarte y, trasunto de su admirado Paco Alba, fue brujo, escritor, cantante, morisco, gitano, bereber, sirena, gayamba, monjita de convento, bandolero, pirata, guerrillero, abogado de pobres, contrabandista y justiciero.

Ay, Felipe de la OTAN, cataflota verigüeh… le costó a Carlos el veto de la Junta, que sólo le indultó in articulo mortis y le nombró Hijo Predilecto de Andalucía cuando ya había cruzado la bahía en el vaporcito del Puerto de los apestados del Régimen. Tuvo que morirse -joven- el poeta que marcó su vida con el compromiso y la fidelidad a los suyos, para ser reconocido, a regañadientes, por los nuevos señoritos, los de los eres falsos como aquellos duros antiguos que tanto en Cádiz dieron que hablar. Pero la figura de Carlos Cano se agiganta con el paso de los años por su compromiso cívico y la dimensión descomunal de su obra. Fue un creador perfeccionista, obsesivo, que consiguió ser popular sin ser vulgar y llegó a los jóvenes sin la menor concesión a las modas. Tenía una medida física del cante y pobló sus poemas de gente sencilla; fue la voz de los sin voz. Dignificó la copla, desbrozándola de falsos oropeles; la desnudó para volver a vestirla con la verdad antigua que había escuchado de las mujeres de su casa.

Se fue con los pieles rojas a Jolivú y a la América indígena con su amiga Rigoberta, fue corista del Cádiz caletero, amante en París, santero en La Habana, resucitao en Nueva York. Se perdió por las callejas del Realejo y se bebió en Sevilla los ojos y las entrañas de Andalucía. Calentó las noches del desierto y conoció la soledad del hombre en las cumbres de Sierra Nevada, donde lloraba un moro que perdió el alma. Para nuestra fortuna, todavía suena su fado por las tabernas.

Diciembre, vísperas de Navidad. En el Convento de las Esclavas de Santa Rita andan las monjas dale que dale con la cocina y la voz cansada de Carlos quiere dormir el sueño de las manzanas, el de aquel niño oscuro que quería cortarse el corazón en alta mar. Dejadla dormir un rato, un minuto, un siglo. Pero que todos sepan que no ha muerto.

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