Bloguero de arrabal

Pablo Alcázar

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Los tesoros de Luis Salvador

La ambición del alcalde, en clase pobre, se asemeja a la de Alejandro Magno. Su imperio: Granada

Es un hecho que las mujeres leen más que los hombres, aunque no siempre se comprenda por qué leen ciertas obras. Hace años, más de cien millones de mujeres leyeron Las cincuenta sombras de Grey, una novela en la que un sádico malcriado maltrata a una jovencita impresionable. Unas declararon que lo habían leído para espabilar en su pareja el fuego casi extinguido de la pasión. Aunque fuese a palos. Otras, disculparon los malos tratos porque al final la Bestia terminaba casándose con la Bella y aceptando ser padre. Tampoco está muy claro por qué ahora está teniendo un éxito tan fulgurante entre lectoras, principalmente, el ensayo de Irene Vallejo, sobre los libros y la escritura, El infinito en un junco. Como los proletarios, la mujer entiende que hay que ser culta para ser libre. La cultura libresca te permite disponer de la misma información de la que dispone el opresor y luchar contra él con sus mismas armas. Pero la escritura esconde una trampa sibilina: que al haber sido practicada a lo largo de la historia mucho más por hombres que por mujeres, transmite fundamentalmente lo que interesa a los hombres e inocula sus valores al que lee. De la misma manera que gran parte de los films y series estadounidenses nos han hecho creer que los americanos, pese a sus barbaridades, son los buenos de la película. Pura propaganda. El libro de Vallejo está muy bien escrito y perfectamente documentado. Y me ha hecho pensar que el alcalde de Granada, en clase pobre, es tan ambicioso como un Alejandro Magno. Su trofeo no es el mundo, su presa es Granada. Cuando Alejandro entró en los aposentos del derrotado Darío, rey de los persas, repletos de oro, plata y objetos preciosos, dijo a sus generales: "En esto consistía, según parece, reinar". Cuenta Irene Vallejo que, impresionado el dueño de medio mundo por un cofre precioso que había pertenecido al rey de los persas, preguntó a su séquito qué podría ser tan valioso como para guardarlo en ese joyero. Cada uno hizo su sugerencia: dinero, esencias, especias, trofeos de guerra. Alejandro negó con la cabeza y, tras un breve silencio, ordenó que colocaran en el cofre su Ilíada, de la que nunca se separaba. No me cabe duda de que Salvador utilizaría el cofre de Alejandro para guardar su Manual del perfecto tránsfuga y los carnés de los partidos de los que se sirvió para medrar. Sus tesoros.

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