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Luis Chacón

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La testa salvadora

Cuando sonó el despertador, Salvador se incorporó, sacó su cabeza de una caja de zapatos y la ajustó sobre sus hombros

Del Diario del Dr. Quincy Adams Wagstaff, recuperado entre las cenizas del pavoroso incendio de la Freedonian National Library:

"Ahora, cuando sé cercano mi fin y se agolpan en mis sienes los recuerdos de una larga vida, viene a mi mente aquella conversación, hace ya medio siglo, con el capitán Spaulding. El intrépido aventurero que había recorrido el ancho mundo, trajo hasta mi despacho de la Freedonian University la increíble historia de una ciudad perdida en las estribaciones de la cordillera de Sierra Nevada donde los lugareños adoraban la cabeza incorrupta de quien había sido su líder hacía siglos. La Testa Salvadora era, según narraba el capitán, de proporciones perfectas. Asombrado porque una sociedad que creíamos tan primitiva conociera los principios de una ciencia tan moderna como la morfopsicología, pedí audiencia a nuestro presidente, el Honorable Rufus T. Firefly, que asombrado ante mi historia, pidió -casi rogó- a la acaudalada señora Teasdale que financiara una expedición para poder hacernos con tan preciada reliquia antes de que nuestros enemigos sylvanos se nos adelantaran.

La vida de aquel pueblo -plasmada en la magna obra de mi colega Otis B. Driftwood- giraba en torno a la Testa Salvadora, la cabeza primorosamente conservada del Alcalde Perpetuo que presidía desde tiempos inmemoriales el Salón de Plenos de su Ayuntamiento. Tras aquella era de glorias legendarias, la Ciudad Elegida despreció la democracia y elegía a sus líderes por el parecido de sus cráneos con las divinas proporciones de la Testa Salvadora. Pero nadie podría igualar las cualidades de aquel que superó a César y a Alejandro. Dos siglos después de que una gitana leyera en la mano de la condesita de Teba que sería emperatriz de Francia, un psicólogo advirtió a los granadinos sobre las cualidades heroicas de quien portaba tan imperial testa y el pueblo, iluminado, se echó a la calle gritando: 'Tú serás nuestro alcalde y salvador'".

Cuando el sol hizo refulgir la campana de la Vela y sonó el despertador, Luis Salvador se incorporó, sacó su cabeza de una caja de zapatos y la ajustó sobre sus hombros. Entonces, miles de votantes atónitos se comieron sus papeletas en las puertas de los colegios electorales. Era 26 de mayo y el caballo del Ayuntamiento huyó al galope por la Gran Vía mientras el jinete brincaba por los tejados, jugueteando con la bola. Como Chaplin en El gran dictador.

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