El lanzador de cuchillos

Dos titiriteros y un juez enmascarado

Del 'progrerío' me esperaba el espectáculo ofrecido: demagogia, golpes de pecho y una dosis 'willytoledana' de agitación

Nunca escribiste un artículo defendiendo a los titiriteros presos", se quejaba ayer un usuario de la red social en donde servidor había mostrado de manera vehemente su desacuerdo con la sentencia que condena al autor anónimo de un epigrama a pagar un pastizal a la portavoza de Podemos. Defendiéndolos, no; denunciando la injusticia de su encarcelamiento, sí.

De la historia de los titiriteros granaínos ya habló y escribió en su momento todo el mundo. De izquierdas, de derechas y mediopensionistas. Y, como en cualquier polémica auténticamente española, sin la menor intención explicativa: se trataba de atizar al rival y arrimar el ascua a la propia sardina.

Yo dije entonces -en otro medio, querido lector- que el juez se equivocaba al enviar a prisión a los marionetistas, puesto que el contenido de su polémica obra carecía de relevancia penal. Era ficción: una mierda de ficción, vale, pero el perroflautismo anarcoide tiene el mismo derecho a exhibir su inmundicia moral que cualquier autor de los que pagan la cuota de la SGAE, verbigracia Jorge Javier Vázquez, el gran corruptor, al que la policía esperaba aquellos días a la puerta de los teatros para evitar que lo desnudasen las viejas, no con la intención de detenerle.

Erraban también los medios y el opinionismo de derechas al intentar golpear a Manuela Carmena por sujeto interpuesto, trivializando hasta el hartazgo el dolor justificado de las víctimas del terrorismo. Si "todo es ETA" al final nada es ETA y la angustia de aquéllas se acaba diluyendo en un magma de palabras torpes, pretendidamente bienintencionadas. Flaco favor a quienes sufrieron de verdad el zarpazo de los criminales.

Del progrerío me esperaba exactamente el espectáculo ofrecido: demagogia, golpes de pecho y una dosis willytoledana de agitación y propaganda. De un caso puntual hizo causa general y, con la habilidad y descaro habituales, se apoderó de la escena para repartir cachiporrazos a troche y moche (más a troche que a moche) y señalar la condición exánime de nuestra democracia.

El entusiasmo con que ahora acoge el podemismo la sentencia que condena al juez enmascarado y a una revista gremial a indemnizar en setenta mil euros a Irene Montero por un poema satírico -género profundamente enraizado en nuestra literatura popular y cultivado, entre otros, por Quevedo, Cela o Manuel del Palacio-, no hace más que confirmar mi sospecha de que la mayor parte de los que defendían con tanto ahínco aquella apestosa función libertaria, no lo hacía en nombre de la pureza democrática ni de la libertad de expresión, sino movida por el mismo odio que los titiriteros destilaban en ella.

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