Quousque tamdem

Luis Chacón

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El valor de la palabra

Quizá, muchos de nuestros políticos olvidan que quien hace una promesa se cita consigo mismo en el futuro

Una de las páginas más edificantes de su Historia de Roma es aquella en la que el maestro Indro Montanelli nos narra las vicisitudes que rodearon la muerte de Marco Atilio Régulo. Aunque de origen plebeyo, alcanzó en dos ocasiones el consulado y durante la Primera Guerra Púnica derrotó repetidamente a los cartagineses hasta que cayó junto a sus legiones en la desdichada Batalla de los Llanos de Bagradas. Cinco años vivió esclavizado en Cartago. Tras la derrota de Palermo, Asdrúbal quiso parlamentar con Roma y envió una embajada en la que incorporó a Régulo bajo palabra, de modo que si no se conseguía la paz debería regresar a su cautiverio. Al dirigirse al Senado, pidió a quienes habían sido sus colegas que no aceptaran el vergonzoso acuerdo que les proponía el enemigo y que, como haría él, respetaran su compromiso con el pueblo y lo defendieran hasta la muerte. Para un romano, el culto a la palabra dada, representado por la diosa Fides, encarnaba el más elevado de los sentimientos. Pero Régulo también había empeñado su palabra con sus captores y volvió a Cartago, consciente de que sería condenado a muerte.

El valor de un hombre es el valor de su palabra. Y no hay documentos, ni escrituras, ni tratados que superen el compromiso moral que se adquiere cuando se aporta como única garantía la propia palabra. Quizá, muchos de nuestros políticos olvidan que -como escribió Chesterton- quien hace una promesa se cita consigo mismo en el futuro. Y llegada la fecha, nadie puede presentarse con las manos vacías y pretender que aquello que prometió no vale. Porque lo realmente importante no es lo que se promete, sino lo que se cumple. Aún a riesgo de perderlo todo por satisfacer la obligación moral asumida.

Que aún no sepamos qué se pactó, ni quien lo acordó, ni cuando, ni dónde, ni cómo, ni por qué se llegó al aparente acuerdo que dio la Alcaldía de Granada al señor Salvador, demuestra que la negociación debió asemejarse a aquellas de las viejas películas del oeste que se liquidaban sobre un tapete verde -no sé si jugándose las concejalías a los dados o al póker- en algún vapor que surcaba el Misisipi. Cualquier pacto entre caballeros requiere de caballeros que se estrechen la mano y no tengan más que una versión de los hechos. No infinitas. Ya escribió aquel preclaro liberal que fue Thomas Jefferson que el hombre que no teme a las verdades, nada debe temer de las mentiras.

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