Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

La verdad de Trapero

Josep Lluìs Trapero es un hombre atractivo: es calmado y sobrio sin llegar a darse el aire de un tipo duro, parece culto y honesto -parecerlo y serlo, ya saben, como con la decencia de la mujer del César-, tiene magnetismo, apuesto a que sex appeal para quien cotice varones, y es leal, como ha demostrado en el Supremo: serlo o parecerlo, de nuevo, porque su testimonio del jueves ante la alta instancia judicial tenía mucho que ver con su próximo juicio por rebeldía un escalón más abajo, en la Audiencia Nacional. Uno diría que, de las cualidades de arriba, sólo comparte con Puigdemont la ser un tipo culto (como Torra el de los espumarajos antiespañoles: quién quiere cultura repleta de odio). Por su inminente defensa y por su juramento, el mayor no ha dicho mentiras, sino verdades como puños… y como certeras cargas de profundidad sobre el submarino amarillo, o sea, el del lazo amarillo: se reunió con el ex president a la fuga, con el reo Junqueras y otros próceres de la patria catalana bravía, y les advirtió de que lo que tramaban era peligroso, y que lo desaconsejaba. También afirmó con calma y precisión que tenía un plan para detener a Puigdemont a poco que se lo hubiera ordenado un juez. Cosa que no sucedió.

Fue el juez Marchena el que le sacó esta información valiosísima para el juicio, que evidencia lo mentirosos e irresponsables que fueron los líderes indepes en su golpe al Estado desde el propio Estado. Por misteriosas estrategias procesales que a uno se le escapan, el fiscal había desistido de preguntar a Trapero, por lo que sólo el líder de Vox Ortega Smith -que tiene toda la cara del científico malvado de Up de joven- iba a interrogarlo, en su papel de acusación popular. Al acerado e imperturbable Ortega se le fue crudo el testigo. Y en eso llegó Marchena, y preguntó al policía por lo obvio: qué había pasado en aquellas reuniones del 26 y 28 de septiembre en las que los Mossos avisaron al Govern de la posible violencia durante el 1-O. Trapero, que dijo deberse a la Ley y a hasta a la pateada Constitución Española, fulminó a Puigdemont: se lo advirtió al inquilino de Waterloo, bien claro. A falta de políticos honrados y de acusadores que no torpeen, nos quedamos con el brazo armado del Ejecutivo, la Policía, y con el Judicial, el juez, que se me antoja supremo. Por fin alguien de la órbita indepe -Trapero lo es, o lo fue- deja de comportarse como se hace en las sectas: con falacias de Fuenteovejuna, todos a una. ¿Todos? No. Con Trapero han topado. Por su interés, sí. Y qué diferencia hay, si es la verdad.

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