Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

La vida en los balcones

Internet nos ha redimido de que este presidio doméstico sea tan absoluto como el del Conde de Montecristo

Vas al super y te pilla la hora del aplauso ritual diario de esta cuarentena y alguien pone música y miras hacia arriba y allí está el vecino del segundo descubriendo a los del cuarto y saludándolos con una sonrisa. Y los peques miran hacia abajo con la nostalgia de aquellos días en que hasta salían al parque ahora precintado y desierto. Porque el vecindario, salvo en la hora punta de las ocho de la tarde, se ha vuelto clandestino, insonoro y casi insípido si no fuera por esa tabla de salvación que son ahora las redes sociales y ese internet que nos ha redimido de que este presidio doméstico sea tan absoluto como el del Conde de Montecristo o el de Santa Elena casi.

Los días se van superando a sí mismos en lo extraño que se ha vuelto todo. Y a cada día se crece la rareza de esta ciudad cotidiana que dormita y resiste y no se queja y batalla en casa contra ese invisible enemigo que se nos ha colado entre las vidas.

Van ya dos semanas y más y ya nos hemos hecho a que la distancia entre el salón y la cocina sea el equivalente al viaje en metro de hace nada, de cuando teníamos algo parecido a una vida que ya es solo un recuerdo. Cómo se adapta el ser humano a todo, sorprende sí, y admira. Nos hemos resignado pero con valentía, que se dice pronto. Cansados de estar confinados pero convencidos y a cada semana más y sin embargo con ganas de que las estadísticas den un respiro.

Hartos de tele y de libros y buscando ya vernos unos a otros como hace mucho, unas semanas, cuando veías pasar a la gente y te daba sensación de que había vida. El balcón se ha vuelto escaparate y lugar para la charla, con distancia asegurada, pero viendo a personas que es lo que nos consuela. Lo virtual queda en nada cuando te sonríe alguien real y tan hastiado como tú y tan desganado como tú y tan convencido como tú de que hay que seguir hasta que venzamos.

Es una lucha interior de la paciencia contra la gana de calle y de ruido y sin embargo en la calle, asomado al balcón, al concluir el aplauso tan merecido a nuestros héroes involuntarios del frente de IFEMA o las UCIs, si afinas una pizca el oído, escuchas hasta a los pájaros cantar.

Porque ellos saben que la vida está rebrotando por primavera, abriéndose paso con fuerza mientras nosotros la vemos de lejos, como con una mampara de por medio, a la espera.

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