El río de la vida

La vitalidad de Paco Ramírez

Paco era cordial, ingenioso y alegre, excepto cuando concebía que una injusticia no debía seguir por ese camino

Lo que más voy a echar de menos de Paco Ramírez, además de su ausencia, es esa risa con la que remataba sus respuestas e incluso sus preguntas. Vitalista incorregible, era una mezcla de narrador del pasado y enciclopedia granadina andante. Siempre estaba lleno de proyectos, de obsesiones felices y de risas. Paco ha sido muchas cosas en la vida, desde pintor a activista cultural, desde directivo de un club de baloncesto a mánager de grupos musicales como 091 y La Guardia. También lo fue de Enrique Morente y Mario Maya porque le encantaba el flamenco. Su cabeza siempre estaba en ebullición, pensando cómo se podía paliar la sequía cultural que había provocado la dictadura. En su buzón vital siempre había un proyecto que atender. Era simpático, cordial, ingenioso y alegre, excepto cuando concebía que una injusticia no debía seguir por ese camino.

Esa vitalidad suya, no exclusiva de su afán creativo, le llevó a ser padre siendo septuagenario, circunstancia esta que le hizo tener hijos y nietos de la misma edad. La última vez que hablé con él, me dijo que cuando se juntaba toda su familia, aquello parecía la ONU porque tenía hijos, nietos y bisnietos viviendo por los cinco continentes. Y por ser, también era un estudioso del erotismo. Tenía una colección de arte de falos de todas las culturas posibles. Me acuerdo de que cuando hice un reportaje sobre su acopio de penes, se meaba de risa al ver el titular que le había puesto: ¡Esta colección es la polla!

Solía decir que se consideraba ubetense, parisino y granadino porque habían sido las tres ciudades que más habían influido en su personalidad. También era un ecologista convencido. Una de sus últimas iniciativas fue el proyecto Mi pueblo es mi planeta, al que le ayudó su amigo Sebastián Pérez, por entonces presidente del PP de la Diputación, con el que quería concienciar a los niños alpujarreños de la importancia de cuidar el maravilloso entorno en el que viven. Ser socialista no le impedía tener amigos de otras ideologías. Él nació en plena República, por eso su casa tenía un rótulo con ese nombre. También tenía un perro al que llamaba Negrín. Y al igual que el perro de Díaz Berbel ladraba cuando se le nombraba a Alfonso Guerra, este hacía lo propio cuando se le nombraba a Fraga Iribarne. Lamento que mi amigo Paco, un tipo tan jovial y con tanta imaginación, haya dejado de estar por aquí. Maldito coronavirus.

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