Sine die

De qué vive la gente

Cuando se ven las cifras del paro no se acaba de comprender que las terrazas de los bares estén llenas

Vaya por delante que no me interesa lo más mínimo la vida de nadie ni meterme donde no me llaman. Jamás he visto un programa de ese género tan exitoso que es el de los cotilleos ni de esos mentecatos que se encierran en una casa o una isla para ver aflorar lo más primario de cada uno de ellos y lo más necio del televidente. Sé que existen ese tipo de espacios por la información que dan los índices de audiencias y las referencias que de ellos hacen la prensa escrita y algún que otro articulista. Resulta penoso que haya personas que logren suculentas sumas de dinero por despellejar a sus padres o a sus ex parejas, pero lo es aún más que millones de personas dediquen una buena parte de su tiempo a seguir esas necedades, a no ser que sean una puesta en escena, un circo mediático como el del pressing catch.

Es una razón contundente que cada uno vive de lo que puede y a veces de lo que quiere, de la misma forma que puede elegir, mando a distancia en mano, el programa que le apetezca, hasta ahí podríamos llegar. El gran favor que la programación televisiva le hace a la cultura y a las personas interesadas en ella, es que no les roba el tiempo para otras actividades como la lectura, escuchar buena música o simplemente pasear y conversar. Tampoco son mejores las personas que leen que las que no leen, los amantes de la música clásica que los que prefieren el rock duro, los que hablan bajito que los que lo hacen a voces, pero cierto es que los primeros molestan menos.

Cuando se leen las cifras de paro en determinadas provincias, la cantidad de empresas que han desaparecido, los negocios que han echado el cierre, las familias que no tienen recursos, los jóvenes que no encuentran su primer empleo o los que lo consiguen en precario, no se acaba de comprender que las terrazas de los bares estén llenas, que para ir a un restaurante a cenar un fin de semana haya que reservar con bastante antelación, que en muchas casas haya más coches que personas, que sea imposible conseguir alojamiento en casas rurales nada más se junten tres días seguidos de fiesta y así podríamos seguir con determinados espectáculos musicales y competiciones deportivas. Las empresas dedicadas al turismo afilan ya sus armas esperando la movilidad absoluta, tan pronto se alivien un poco las cifras de afectados por la pandemia. Es lógico preguntarse, como Josep Pla, ¿y esto quién lo paga?

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