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Tribuna

F. Javier Merchán Iglesias

Catedrático de Educación Secundaria Profesor de la Universidad de Sevilla

Clases de verano y fracaso escolar

Ahora que tanto se habla de reformas estructurales, produce cierta desesperanza comprobar que nunca se refieren a la educación, tan necesitada de cambios en profundidad

Clases de verano y fracaso escolar Clases de verano y fracaso escolar

Clases de verano y fracaso escolar

La puesta en marcha por parte de la Consejería de Educación y Deporte del Programa de refuerzo educativo y deportivo en periodo estival, trae a colación la recurrente inconsistencia de la política educativa en Andalucía a la hora de afrontar los problemas como el fracaso escolar. El llamado fracaso escolar es uno de esos conceptos que se mueve como partícula radiactiva por el discurso político y mediático sobre la educación, que adquiere distintos significados según quién lo pronuncie y que sirve a distintas estrategias según la ocasión en que se utilice. Más allá de los resultados escolares -que son indicadores poco fiables por la presión social a la que están sometidos-, el fracaso se advierte mejor cuando se comprueba lo poco que los alumnos aprenden después de tantos años escolarizados. Mirando honestamente la realidad, es evidente que niños y jóvenes aprenden mucho más fuera de la escuela que dentro de ella. No se trata ahora de ignorar lo mucho que la escolarización aporta a su formación, sino de preguntarnos cuánto podría conseguirse si las cosas fueran de otra manera. El fracaso escolar es el fracaso de un sistema educativo que emplea una enorme cantidad de tiempo y recursos que no se corresponde con el nivel de formación y conocimientos que adquieren los alumnos. A no ser que su papel primordial no sea la democratización del conocimiento (lo cual no es para nada descartable), la escolarización tal y como la conocemos es un negocio muy poco rentable que hace tiempo hubiera cerrado por pérdidas continuas.

De esta manera, más que de fracaso escolar habría que decir fracaso del sistema educativo, pues el problema no es tanto de los actores cuanto del guión y del escenario en que se desarrolla la obra. Un problema estructural y complejo que no se arregla con quince días de una especie de microcampamento de verano para alumnos de primaria en los mal refrigerados centros de secundaria. Se dirá, no sin razón, que algo es algo y que menos da una piedra, pero se espera más de la política educativa para afrontar los problemas de la educación, algo más que meras ocurrencias. Lamentablemente el discurso y la práctica política están más atentos a los efectos publicitarios de corto plazo que a estrategias de calado que traten a fondo los problemas de la ciudadanía. Parece que nadie quiere meterse en camisas de once varas.

Si entramos en el detalle, la iniciativa de la Consejería de Educación carece de un mínimo sustento en el conocimiento y la experiencia sobre el problema que dice afrontar. Si el propósito es mantener bajo custodia y entretenimiento a algunos alumnos durante algunos días de julio mientras sus padres y madres van al trabajo, aunque es muy insuficiente, nada se puede objetar pues es cierto que en muchos casos las prolongadas vacaciones escolares ocasionan no pocos inconvenientes a las familias. Pero si, como se dice en la convocatoria, de lo que se trata es de "fomentar el éxito educativo de aquellos alumnos y alumnas en los que confluyen dificultades de aprendizaje", la medida puede sonar a broma: ante tamaño desafío, no parece que unos días (diez, si descontamos sábados y domingos), con dos horas de clase y dos horas de deporte (al sol del verano andaluz) en cada uno, vayan a resultar muy efectivos. Dando por supuesta la buena intención del señor Consejero, resulta poco estimulante que debute en la política educativa con una medida que revela cierto desconocimiento del campo de la educación y que, seguramente sin pretenderlo, banaliza un problema de notable envergadura. Por lo demás, hay que decir que la fórmula que se utiliza para concretar la ocurrencia resulta cuando menos discutible, farragosa, y, en algunos términos, contradictoria. Quizás hubiera sido mejor emplear a maestros y maestras en paro -sirviéndose de la bolsa de sustituciones e interinidades-, quizás no es necesario establecer grupos distintos entre el alumnado, quizás en el baremo de acceso no habría que puntuar en unos casos a los que tuvieron peores notas y en otros a los que tuvieron la mejor.

En fin, ahora que tanto se habla de reformas estructurales, produce cierta desesperanza comprobar que nuca se refieren a la educación, tan necesitada de cambios en profundidad. Lamentablemente, aunque los discursos están llenos de grandes palabras, la política educativa sigue eludiendo los problemas fundamentales de la educación, moviéndose meramente en el terreno de la cosmética.

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