Tribuna

Alfonso lazo

Historiador

Degeneraciones

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Degeneraciones

Las activas damas del feminismo extremo son el mejor ejemplo de cómo grandes principios del humanismo y la Ilustración (la protección de los más débiles o la igualdad real entre hombres y mujeres) pueden degenerar en ideologías sectarias, puritanas, intolerantes y con pretensiones totalitarias que hacen imposible esa igualdad que dicen defender e incluso fijan desigualdades nuevas.

Pero este ejemplo concreto de un degenerar a la vista de todos (si bien imposible de denunciar so pena de caer en manos del Santo Oficio Laico) no es caso único ni excepcional. Ahí tenemos la autoproclamada izquierda que ha mutado sus orígenes marxistas y socialdemócratas, antaño modelos de superioridad moral e intelectual, por un discurso tosco y vacío reducido al anticristianismo más pedestre del siglo XIX. Recuerdo cierta columna del periódico faro y biblia de la ultraprogresía española en la que con pretendida ironía se comentaba la elección de Ratzinger como nuevo pontífice: "El nuevo papa Benito número 16 que así se llama…"; u otra anterior en el mismo diario donde se describía la Semana Santa: "Procesiones que pasean cadáveres destrozados colgados de un palo"; o las conocidas crónicas del mentado rotativo que año tras año por Navidad nos cuentan cómo Jesús no nació un 25 de diciembre y no sabemos la edad con la que murió. Nuevo descubrimiento del Mediterráneo, finura estilística y altura intelectual se llama a todo eso. No hay otro asunto de mayor enjundia para nuestros ultraprogresistas que esta maniaca obsesión antirreligiosa. Mas los cambios y los fenómenos degenerativos en la Historia siempre tienen alguna causa. Aquí se trata del emerger de las masas y de la sociedad del espectáculo.

El siglo XX, e idéntico camino lleva el siglo XXI, fue el siglo de las masas en movimiento. Una sociedad de masas igualitarias en las que se ha dejado de leer, pues si la lectura es una acción individual la sociedad del espectáculo requiere multitudes concentradas: gritan, reclaman, aplauden, protestan y si es preciso linchan. En 1930 Ortega publicaba La rebelión de las masas. En 1960 aparecía Masa y poder de Elías Canetti. Y en el año 2000 el filósofo alemán Peter Sloterdijk daba a la imprenta El desprecio de las masas. Tres obras coincidentes en presentar a la masa como un ente emotivo en el que sus células han renunciado a toda racionalidad. Nos encontramos en el punto más alto del poder de las muchedumbres: un poder que aterroriza a gobiernos y líderes políticos, a la prensa, a las cátedras universitarias, a los jueces y al mismo Papa; instituciones y personas que con frecuencia se ven obligadas a pedir perdón con la cabeza gacha. Un griterío callejero y televisivo que exige de partidos y gobiernos la sustitución de las ideas, vueltas incomprensibles para la multitud iletrada, por ideologías esquemáticas. ¿Cómo explicar -pongamos por caso- a la muchedumbre concentrada en un mitin o delante del televisor que democracia y libertad no son términos sinónimos; que no puede haber libertad sin democracia, pero que sí puede existir la democracia sin libertad? Las ideas son complejas, mientras las ideologías son simples y, por ello, sectarias. En eso ha degenerado el debate político español: lo cual explica asimismo el desprecio creciente de la intelligentsia hacia el palabreo de la política. Giogio Agamben, uno de los grandes intelectuales europeos de hoy, tenido por hombre de izquierdas, explica su caso: "Siempre escapé de aquellos -y en Italia eran legión- que querían convencerme de que extra Partitum nulla salus (fuera del Partido no hay salvación), pues sólo el Extra hace posible al filósofo hablar sobre la verdad" (Autorretrato en el estudio, 2019)

No obstante lo dicho, tal vez esa misma degradación de nuestra vida política y la negrura del inmediato futuro sea lo que permita la paradoja de una salida de emergencia. Una salida a plena luz de aquellas fuerzas del espíritu retiradas en "la emboscadura" pero alertas y a punto de saltar de asco: profesores de colegios e institutos, departamentos universitarios que no han caído en la mediocridad subvencionada, el periodismo libre, las reales academias, los artistas, escritores y profesionales que deben disimular aún su desprecio hacia tanta corrección política obligatoria; quizás, hasta veamos una creciente presencia de algún partido de nuevo cuño no contaminado y con ideas fuertes en lugar de constructos ideológicos. No tengo por una imposibilidad esa epifanía colectiva.

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