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Tribuna

Esteban ferández-Hinojosa

Médico

Medicina e inteligencia artificial

Es evidente que la asistencia médica se ha vuelto una empresa tecnificada y costosa. Y esto coincide con la creciente politización -y monetización- de los sistemas sanitarios

Medicina e inteligencia artificial Medicina e inteligencia artificial

Medicina e inteligencia artificial / rosell

Scribonius Largus, médico del emperador Claudio y uno de los precursores del humanismo médico, consideraba la medicina una professio -en el sentido de vocación- en cuya práctica el médico debía ser "buen hombre, experto en la curación, lleno de misericordia y humanidad". Viene esto a cuento del cambio epistemológico que está experimentando la medicina por la irrupción de la tecnología, lo que hace que cobre todo el sentido una vuelta a las conciencias de los principios del humanismo médico. Francia acaba de fabricar el "robot de la empatía", Reedi, para que coopere en el cuidado de pacientes. Su foto aparece en un número reciente de la revista Nature para ilustrar la reseña del libro Medicina profunda: cómo la inteligencia artificial puede hacer que la atención médica sea nuevamente humana que firma su propio autor, Eric Topol. Viene a sostener que si las nuevas tecnologías han desviado la mirada del médico hacia las pantallas de ordenador, en adelante, las tareas que mejor ejecutan las máquinas quedarán reservadas a la inteligencia artificial, y eso liberará al médico de la servidumbre de la tecnología digital para que pueda dedicar su tiempo a dialogar con el paciente y manifestarle empatía.

Es evidente que la asistencia médica se ha vuelto una empresa tecnificada y costosa. Y esto coincide con la creciente politización -y monetización- de los sistemas sanitarios, que han llevado a devaluar el papel original de tan milenaria vocación. Así, mientras se le exige al médico mayores responsabilidades, se le obliga también a ceder su iniciativa y creatividad tanto a los gestores como a los designios de la Gran Ciencia, una concentración de recursos que ha burocratizado la ciencia y la tecnología, sin capacidad apenas para medir su impacto. Si bien tal industria tecnológica proporciona becas, puestos de trabajo e incluso estatus a sus académicos, resulta demasiado onerosa para la atención médica si se tienen en cuenta los modestos beneficios que comparativamente ofrece a los usuarios. Grandes fondos de inversión apoyan una investigación biomédica poco conectada con la práctica clínica y que, no conforme con haber contribuido a mitigar la mortalidad prematura, aspira ahora a ganarle la partida a la muerte antes que al dolor, al sufrimiento o a la discapacidad. Es evidente que la complacencia de algunos profesionales y la indolencia de otros ha permitido que la propia comunidad médica acabe profanando los fundamentos de la venerable tradición.

Aunque la inteligencia artificial -con sus algoritmos, nubes de tendencias y todo un mar de datos, registros e imágenes- se muestra eficaz en predecir la respuesta individual de ciertos tratamientos oncológicos, no puede contestar cuestiones fundamentales. La tecnología es una poderosa herramienta, pero la práctica médica se funda en el singular vínculo que un médico establece con su paciente. Sean bienvenidos los avances tecnológicos, pero importa que no oculten el horizonte de valores que cimenta la medicina: un enfermero o una doctora que acompañan y animan a quien "no se sostiene firme", que es el significado de enfermo. Los conocimientos y habilidades que exige toda práctica médica ahora no son sólo de índole técnica y científica, sino también humanitaria. En la lógica de la toma de decisiones clínicas, estas deben ser correctas desde el punto de vista técnico, pero exige un inexcusable elemento de fondo: la dimensión humana que explora e identifica los valores en juego del paciente y de su entorno.

Más allá del monopolio tecnológico que comienza a emerger, el caos y el absurdo seguirán dominando la doliente temporalidad del enfermo, y en ese sinsentido sólo el bálsamo metafísico de las palabras puede ofrecer algo de orden y coherencia. Por veraz y reproducible, por exacta y precisa que resulte la descripción teórica del mundo abstracto de la inteligencia artificial, carece de cualidades para sustituir el acto terapéutico de un galeno que con su "materialismo de lo concreto" palpa la piel del postrado y con la palabra hace justicia a su soledad. Si la vida humana se despliega en el acontecer de los días, es en la hermandad con la experiencia doliente del que yace donde cabe esperar de su encogida existencia que recobre el aliento de una vida más saludable y digna. Y en la intemperie del enfermo que inicia su partida de este mundo, sólo adquiere sentido la acogida, el tiempo y la cercanía de otros. La medicina es siempre profunda y es siempre humana. Y cualquier licencia para calificarla, o es pleonasmo o no es más que oxímoron. Dudo que, cuando llegue su día, algún lector quiera recibir de un robot el atroz comunicado de la inminencia de su última estación. Lo que ya ha ocurrido a un moribundo en un hospital de Fremont, en California.

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