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Tribuna

Manuel Ruiz Zamora

Filósofo

Vox no es el problema

Vox no es el problema Vox no es el problema

Vox no es el problema / rosell

El problema de España no es Vox. Vox, en todo caso, sería una parte, de momento, minúscula de un problema mucho más amplio y preocupante o, más exactamente, una metástasis indeseada pero harto significativa del mismo. Hacer que nos concentremos en ese dedo es una de las estrategias interesadas de quienes no quieren que veamos la Luna que se nos viene encima. Es más, es la forma que tienen muchos selenitas para no tener que reparar en su condición de tales. El gran problema que desde hace mucho tiempo afecta a la democracia española, y que es el origen de un fenómeno que estaba ausente de ella, como es la aparición de un partido de ultraderecha, es lo que el profesor Félix Ovejero ha bautizado, felizmente, como La deriva reaccionaria de la izquierda. No hay propuestas más carcas y regresivas en la actualidad, desde un punto de vista de progresismo clásico, que las que perpetra nuestra izquierda política. Un ejemplo: si la igualdad es uno de los principios básico del Estado moderno, la izquierda, ya por sistema, procura su ruptura: la igualdad entre hombres y mujeres, la igualdad entre las propias mujeres según lo que piensen, la igualdad entre los ciudadanos, dependiendo de donde nazcan. Y así ad infinitum.

Hace unos meses, es decir, en pleno esperpento de este último Gobierno, tanto Televisión Española como Canal Sur, en donde aún se respiraban los rescoldos airados del socialismo, emitieron sendos programas sobre el 40 aniversario de la Constitución. Fue aterrador. Cualquiera que no hubiera vivido la historia de este país en los últimos años y hubiera conocido mínimamente la España del franquismo habría llegado a la conclusión de que nos encontramos sometidos a una dictadura en la que se encuentran conculcados todos los derechos básicos. Vi a un actor (a falta de intelectuales, actores y cantantes se han convertido en los tontos útiles del progresismo) que afirmaba sin despeinarse que siempre es mejor una democracia que una dictadura, pero que lo que aquí tenemos es un mero simulacro en donde, ¡atención!, no se respetan los derechos humanos mínimos. Un cantante, con el cerebro tal vez reblandecido por el uso de opiáceos, declaraba que cuando la gente tiene hambre se conforma con comida basura, pero que la comida basura no puede considerarse comida. Por su parte, la dueña de una librería feminista manifestaba sin inmutarse que la situación de la mujer en nuestros días no difiere en lo esencial de la que padecía en el franquismo.

La Constitución, la libertad, el desarrollo sin precedentes que ha experimentado nuestro país en estos 40 años de democracia, era para el grueso de los que participaban en estos programas una mera ficción, cuando no una verdadera desgracia. Lo peor, sin embargo, es que este tipo de discursos paralelos, ficticios y falaces no constituyen una anomalía, sino que se han convertido en el núcleo de una Matrix ideológica en donde, a falta de aquello que Hegel llamaba el "trabajo del concepto", se ha echado a dormir una izquierda cada vez más frívola y radicalizada. A una gran parte de nuestros jóvenes se les ha enseñado a pensar que viven en un sistema político que no difiere en lo esencial de la dictadura franquista, y que nuestra democracia, en cuya consecución tan importante papel jugó la izquierda, es apenas un simulacro, una componenda innoble o una mentira. Por desgracia, cada vez es menos posible apreciar diferencias de opinión sobre estos asuntos entre una socialdemocracia que ha basculado imparablemente hacia el populismo y el resto de una izquierda directamente bolivariana. Pues bien, estos mismos que llevan años sirviendo de cobertura a la ultraderecha más rancia y agresiva de España, la catalana y vasca, se echan ahora las manos a la cabeza porque, como reacción a ello, haya surgido un partido que, al menos de momento, no se declara enemigo de la democracia.

Pero no nos engañemos: Vox, en realidad, constituye una verdadera bendición para una izquierda carente de cualquier contenido político positivo. Por un lado, ha venido a movilizar a aquellos sectores del progresismo que se sentían literalmente horrorizados por las peligrosas componendas de Pedro Sánchez con el supremacismo. Habíamos visto abyección en la democracia española, pero lo de estos últimos meses nunca lo habíamos visto. Esas almas bellas que, en condiciones normales, pueden no renunciar a su juicio crítico, sólo necesitan que alguien agite un poco su imaginario ideológico para volver al redil político (¿recuerdan aquella ominosa escena de Zapatero confesándole al cortesano mediático que tan sólo necesitaban un poco más de tensión?) Por otra parte, Vox contribuye a dividir el voto de un electorado cuya desconcentración, ley D'Hont mediante, puede resultar decisiva para darle el Gobierno a Pedro Sánchez. Así pues, lo paradójico del caso es que, gracias a Vox, podemos tener un Gobierno que, entre otras calamidades que ya asoman en el horizonte (involución económica, profundización en discriminaciones por razón de sexo, adoctrinamiento descarado desde los medios públicos, etcétera), se atreva a indultar a los políticos, verdaderamente ultraderechistas, que han liderado un intento de golpe de Estado. Pero esto ya lo sabíais, ¿verdad, amigos progresistas?

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