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Tribuna

Pablo gutiérrez-alviz

El adoquín y las nubes

El adoquín y las nubes El adoquín y las nubes

El adoquín y las nubes / rosell

La vida evoluciona a base de sucesivos ajustes de cuentas. Y con la edad se recuenta de forma más continua, personal e indulgente: el imposible rescate del tiempo perdido. La obsesión por contar se denomina aritmomanía. Y Antón Bruckner, compositor del XIX, sería el adalid de estos maníacos: cuando daba sus paseos por Viena enumeraba los adoquines, las ventanas de los edificios y hasta las nubes del cielo. Vernon, personaje de un curioso relato de Martin Amis, vivía obsesionado contabilizando las relaciones conyugales con su esposa para mantener siempre la misma media y que no hubiera "picos". Una novela de título muy peculiar (8,38) contiene una paranoica obstinación de absurdos cálculos del autor en la que llega a contar las palabras, letras, puntos y comas de los párrafos del mismo texto.

En la actualidad, la exhaustiva aplicación informática sobre los ingentes datos procesados (a veces falsos) conforman estadísticas que podrían explicar todos los acontecimientos (turismo, consumo, sanidad…). La evolución de estos resultados se suele representar con elocuentes gráficos en los que desde el punto de encuentro de los ejes en ángulo recto salen varias líneas, normalmente ascendentes y oblicuas, que nos hacen comprobar la realidad de lo proclamado en comparación con otros países. El punto más elevado de cada una sería el pico del que se pueden obtener distintas consecuencias.

-Déjese de cuentos.

-¡Qué va! Así nos explican lo del coronavirus.

Todos los países hacen las cuentas de este malvado virus a su manera. En España están maquilladas con variados subterfugios como casos no confirmados, test no concluyentes, ancianos fallecidos no computados…

La contabilidad de esta epidemia la lleva el Ministerio de Sanidad, y quien desde el principio la filtra a la población ha sido Fernando Simón, el presunto experto en la materia. Conviene repasar sus manifestaciones durante los dos últimos meses para hacernos una idea del nivel de este científico. Aseguró que España no iba a tener, "como mucho, más de algún caso diagnosticado…Esperemos que no haya transmisión local. Si la hay será muy limitada y controlada". También se sorprendió por el miedo y la alarma provocada por este virus, que no deja de ser una gripe: "Un problema conocido". Días antes de la manifestación feminista del 8-M señaló que si uno de sus hijos le hubiera preguntado si podría asistir, él le habría dicho que hiciese lo que estimara oportuno. Fue negligente al no informarse de la gravedad del Covid-19 y lo peor, ni siquiera tuvo la curiosidad profesional de observar su deriva en el norte de Italia. Tenía que habernos prevenido contra esta pandemia ya advertida por la OMS.

Y ya declarado el estado de alarma nos empezó a comentar, con cara de circunstancia, que lo peor estaba por llegar explicando la gráfica comparativa de los contagiados, el famoso pico que íbamos a alcanzar en una semana, y que a partir de entonces todo mejoraría.

Ahora resulta que está contagiado del virus de marras pero sigue pontificando desde su casa como un incansable santón. Al parecer, el inútil Ministro Illa lo ha subido a nivel de subdirector general de su departamento. En cualquier democracia occidental el doctor Simón habría sido cesado como medida complementaria del citado estado de alarma. Este señor juega con una gran ventaja: va disfrazado de sabio despistado o como de ese discreto y encantador vecino que te invita a pasar un día de campo con su familia. Sin tener un pico de oro, transmite una relajante camaradería (su padre fue un gran psiquiatra), especialmente en situaciones angustiosas, lo que le reportó notables éxitos en Burundi. Y su voz meliflua lo termina por convertir en un colega entrañable por muy erráticos que sean sus mensajes, siempre cómplices con el poder.[Salto de ajuste de texto]Simón, obcecado con la aritmética, no tenía que contar nubes como Bruckner, o relaciones sexuales como Vernon, ni escribir novelas con extrañas estadísticas. Durante mes y pico eludió su función preventiva, y se comportó como un perfecto adoquín: abrió el pico con premura subestimando al virus, dejó que la población saliera de picos pardos con grave peligro de contagio, y ha provocado que muchísimas personas hayan hincado el pico antes de tiempo. Su indolente demora (y la del Gobierno que asesora) ha causado miles de afectados (todavía vivos o ya muertos) en España. Está en la picota. En todo caso, hay que desearle que sane pronto y que se tome un año sabático en Burundi. Lo mismo, en unos meses, regresaría a Madrid como candidato al Congreso por uno de los partidos en el poder. Y luego, ministro. La benévola cuenta del tiempo perdido.

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