Cajón de sastre

¿Por qué llamarlo planificación cuando hacemos improvisación?

¿Por qué llamarlo planificación cuando hacemos improvisación?

¿Por qué llamarlo planificación cuando hacemos improvisación?

marzo de 2021 al cumplirse un año del cierre académico presencial en las universidades andaluzas, el catedrático de la Universidad de Granada Daniel Arias Aranda escribía una opinión en un diario nacional con el título de Clases on line, ¿por qué llamarlo amor cuando quieren decir sexo? En sus opiniones, que comparto en su totalidad, se reflexionaba sobre lo que debe entenderse por docencia online y lo que se había producido en las universidades al llegar la pandemia. Con respeto y reconocimiento, me permito ‘plagiarle’ la idea y reflexionar sobre el inicio de este nuevo curso 2021/2022, el tercero, al que se enfrentan las universidades y en concreto la Universidad de Granada.

Ya he dejado escrito negro sobre blanco y en estas páginas de Granada Hoy (Cero patatero, 19 de noviembre de 2020) mi apoyo a las ideas de la rectora Pilar Aranda sobre la necesidad de las clases presenciales durante el curso anterior, cuando la vacunación no existía y hubieran podido acusarme de imprudente. La decisión de eliminar la presencialidad casi en su totalidad era una forma de tratar a los alumnos universitarios como unos descerebrados y resultaba que todos los medios humanos y económicos que la Universidad había invertido en que sus aulas fueran seguras habían resultado casi un brindis al sol. Teníamos la paradoja de que escuelas e institutos desarrollaban sus clases mayoritariamente de forma presencial mientras que los campus universitarios eran páramos desiertos y casi cerrados.

La tozudez en mantener una docencia online, fuera esto como fuera, ha obligado a las famosísimas planificaciones A, B y C para el curso 2021/2022, siguiendo y multiplicando lo ocurrido en el curso recién terminado. Y llamamos planificación a rellenar, uno tras otro, continuos formularios, por supuesto online y con el corte y pega on fire, en que los docentes debemos explicar cómo será la docencia (léanse objetivos, competencias, capacidades, contenidos, prácticas de seminario y de laboratorio, metodologías, recursos…) y por supuesto cómo realizar la evaluación de los alumnos, en los supuestos casos de que la docencia sea presencial, semipresencial o completamente ausente de los susodichos alumnos y alumnas. La planificación digamos que evidentemente es necesaria y magnífica, al igual que antes se les trataba a los rectores y rectoras. Y todo debe cerrarse en un plazo muy concreto, ya saben que luego abrir una plataforma web es toda una odisea. Todo ha de ser revisado por coordinadores de asignaturas, por el coordinador de la titulación, por los vicedecanos, decanos y vicerrectores correspondientes. ¿Cómo no va a ser necesaria la planificación? ¿Quién no quiere ser amado aunque esté pensando en un poco de sexo rápido e improvisado tras una noche loca de alcohol y otros efluvios más o menos alucinógenos?

Tras tanta planificación, la realidad es que en muchos casos el profesorado no tiene muy claro si en su aula tendrán cabida el 50% de los estudiantes que, por ahora permite la Junta de Andalucía, y si hay o no cámaras para el resto. ¿Y cuántos son el resto? ¿Y en los laboratorios mantenemos o no las medidas del curso anterior? Ah, no, en las prácticas déjese de planes o desdobles, para eso harían falta nuevas contrataciones. Y no es por no contratar, pero la tramitación es tan larga y farragosa que para cuando se concluya ya habrá pasado el curso. Sigamos planificando con una burocracia weberiana exquisita, yo la denominaría kafkiana, y con ello los docentes nos vemos obligados a improvisar en el día a día. Ese que ya ha comenzado en este curso. Con lo que yo amo a mi universidad y lo obligado que me veo a dedicarle solo un poco de sexo rápido y burocrático.

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