La marcha negra

La marcha negra

Son seres humanos, como pretenden la Cruz Roja y otras organizaciones que se esmeran en paliar la miseria masiva, estos cuerpos húmedos y cansados, cuando no heridos o moribundos, estos miles de cuerpos que aparecen repentinamente en la parte española del espigón de Ceuta, despertando la inquietud y la alarma, cuando no la lástima en los policías, militares y personal de Cruz Roja y otras organizaciones de ayuda?

¿Son seres humanos como pretenden muchos otros seres humanos o se trata simplemente de carne de cañón –ganado humano– enviada a primera línea del frente para solventar con su sufrimiento y muerte las diferencias entre los poderosos?

¿Alguien puede creer que se trata de un problema “político” o estamos ante un drama “humano” de consecuencias catastróficas, salvo reacción urgente y eficaz de las autoridades?Una crisis humanitaria se define como una situación de emergencia en la que se prevén necesidades masivas de ayuda humanitaria en un grado muy superior a lo que podría ser habitual, y que si no se suministran con suficiencia, eficacia y diligencia, desemboca en una catástrofe

En los tiempos actuales la causa más frecuente de crisis humanitaria, como en el caso de lo que estos días acontece en Ceuta, suele ser el desplazamiento de refugiados, la necesidad de atender a un número importante de víctimas de una situación que supera las posibilidades de los servicios asistenciales locales. Esto es lo que se evidencia estos días en Ceuta (como pasó hace semanas en Canarias y como posiblemente se extienda a Melilla en el futuro): que los habitantes del lugar se ven sobrepasados en su capacidad de acogida por los miles de menores y menos menores que llegan a sus puertas. Y en este caldo de cultivo de tensión social, crecen el miedo y la insolidaridad, pese a las numerosas voces que claman compasión hacia los débiles.

La pregunta clave es dónde están los políticos capaces –al menos en teoría– de paliar, solucionar, solventar el terrible drama humano que nos amenaza como españoles y como ciudadanos del mundo.Se ha visto a un presidente –abucheado por los ciudadanos de su propio país por mas datos– recorrer en coche rápido y blindado las calles de Ceuta, e incluso sobrevolar desde un lejano helicóptero el cielo de la frontera. ¿Se habrá dado cuenta de algo, o seguirá pensando que solo con gestos y palabras de mediana intensidad será suficiente para arreglar el problema? Al albur de como se ha pronunciado tras su efímero viaje de observador, podemos pensar que continúa dormido en los laureles, pues se ha limitado a ratificar la amistad “política” (¿existe este tipo de amistad?) con el mismo rey africano que espolea a miles de seres humanos como si de ganado se tratara a asaltar –jugándose la vida propia y de los suyos– los muros fronterizos de agua, roca o alambre espinoso en busca de una vida soñada con ínfima probabilidad de hacerse real, pues casi siempre queda en eso: en un sueño germinado y crecido a la sombra de la miseria africana y después olvidado y muerto a la sombra de la abundancia europea.

Le llaman la “marcha negra” a esta multitud de seres humanos que en pocos días ha aparecido en la frontera, por similitud con aquella otra que invadió en 1975 la antigua provincia española de Sáhara occidental, y que entonces denominaron la “marcha verde”. En aquel entonces, muchos miles de marroquíes espoleados por el entonces rey de Marruecos (a la sazón padre del actual), penetraron en Sáhara occidental como escudos humanos que amedrentaban con su inocencia y temeridad a la población española y saharaui, tanto militar como civil. Después vino la guerra real de fuego y muerte - guerra que como todas las guerras, nadie gana y sólo pierde la población civil - que hoy se halla en un inestable alto el fuego gracias a Naciones Unidas.

Todo aquel desastre comenzó con la que se llamó “marcha verde”.A ésta –cuya estrategia hay quien atribuye al actual gobierno de Marruecos– la llaman “marcha negra”, porque parece ser que entre los muchos marroquíes que nutren sus filas, hay además numerosos hombres, mujeres y niños de color, procedentes de países más al sur y que tiñen de tonos más oscuros la multitud que componen.

¿De donde sale toda esta gente con aspecto a veces desvalido, a veces agresivo, a veces esperanzado, a veces deprimido, que componen esta tropa tan diversa y con el suficiente valor para arriesgar su vida y la de los suyos, atravesando espigones rodeados de aguas amenazantes o escalando alambradas tan llenas de púas que su sola visión hizo un día no lejano llorar al Papa Francisco? ¿Quiénes son y de dónde vienen?El que suscribe este artículo cree conocer la respuesta a esta pregunta, pues su experiencia como médico cooperante, tanto en África del Norte –en los campamentos de refugiados saharauis– como en África Central –Camerún y Malawi– le sirvió de ocasión para hablar y conversar en primera persona con gente idéntica a la que ahora nutre la multitud que invade Ceuta.

Todos siempre preguntaban la forma mejor de llegar a Europa para allí hacer real el sueño africano, y poder huir del horizonte de miseria y desesperanza al que se veían abocados. Su pregunta evidenciaba que estarían dispuestos, incluso con riesgo de su vida, a intentar llegar a Europa. Se cumple así que el hombre está hecho de la materia de sus sueños, como afirmara Shakespeare en La Tempestad, tal vez una tempestad similar a la que se nos avecina, a juzgar por la ineficacia de nuestros políticos de turno.

Reconocida de esta forma de pensar y sentir de la multitud africana que se agolpa tras el muro alambrado o el espigón afilado –aunque se trate de la simple extrapolación de la experiencia de un medico cooperante al conocimiento de la actitud humana de los que ahora en masa llaman a las puertas de Ceuta– cabe deducir que ningún muro policial, militar o político será capaz de parar su sueño africano, del que tal vez esta llamada “marcha negra” sea una muestra más, un aviso de lo que está por llegar desde el llamado continente negro. Negro por el color de la mayoría de sus habitantes, y ahora también negro por la desesperanza que se agolpa desesperada cada vez más cerca de Europa.

Pero la pregunta sigue en el aire: ¿Dónde están los políticos capaces –al menos en teoría– de paliar, solucionar, solventar el terrible drama humano que nos amenaza como españoles y como ciudadanos del mundo? Parece que no existen o están solventando otras cuestiones. ¿Más importantes o urgentes que este drama humano?

Más información Javier Castejón es cirujano del hospital Virgen de las Nieves, profesor de la Facultad de Medicina de Granada y ha trabajado como médico cooperante y coordinador de misiones sanitarias en África.

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