Tribuna

tomás navarro

Periodista

El síndrome de la violencia coercitiva

El síndrome de la violencia coercitiva El síndrome de la violencia coercitiva

El síndrome de la violencia coercitiva

La situación en Cataluña se torna más surrealista aún que al inicio del procés. Urdir una secesión no pactada con el Estado, conocer sus imposibles y utilizar a la opinión pública favorable al milagro como ariete para obligar al gobierno del Estado a negociar con la amenaza encima de la mesa ha terminando complicándose para sus insensatos promotores. Articular la secesión de un territorio del Estado contando sólo con la voluntad de una parte de los ciudadanos necesitaba de un virus llamado certeza. El camino así emprendido por sus promotores conocían que les llevaría al colapso salvo que Madrid se asustase y reculara en sus postulados. Esto suena a tahúres del Missisipi esperando salirse del juego y ganando con las cartas marcadas.

Para extender su virus llamado certeza había que crear un relato de víctimas y verdugos, cuestión indispensable para que la marea se movilizara buscando su tierra prometida como un triunfo del bien "somos todos buenas personas, buena gente" que no paraba de decir mediáticamente, Oriol Junqueras (hoy preso preventivo por conculcar leyes previamente aceptadas como vicepresidente de un gobierno autonómico que representaba al Estado democrático en Cataluña) contra el mal, siempre representado por el gobierno del Estado y sus alianzas parlamentarias. El relato fue subiendo de tono conforme el juego de forzar al sistema tomaba tintes de epopeya donde el sufrido pueblo independentista catalán haría por la democracia actos antidemocráticos conculcando en su Parlament la legislación a la que estaban obligados consellers y parlamentarios. Con sus rebeldía dentro de su Parlament quisieron dotarse de una legalidad que en realidad no era sino un sucedáneo de postulados maximalistas entre xenofobia, odio al discrepante y deseo altanero de aplastar a quienes se rebelaron contra su abuso político. Y para ello desataron nuevas formas de violencia coercitiva a través de sus comisarios políticos en los colectivos independentistas donde ellos eran "pueblo soberano" y todos los demás "enemigos del pueblo soberano". Hecho el tapiz en la urdimbre tomaron las calles sin encontrar disidencia ni reproches a su conducta hasta que, por el daño causado a sus propias instituciones en rebeldía autoritaria típica de los nacionalismos excluyentes, los que no estaban intoxicados de ese virus llamado certeza salieron hartos de callarse por millares a decirles que Cataluña también para ellos forma parte de España. Hasta que no los vieron no comenzaron a dudar de su certeza. Pero un virus tan peligroso como ese conforme se midió con el antivirus de los demás, de los que hasta entonces no habían levantado su voz, comenzó a dejar de expandirse.

Enfrenarse a la realidad de los suyos que son tan catalanes como ellos les llevó a apretar la marcha pues recular cuando "los malos" también toman calles, plazas y ponen sus banderas en los balcones, imprime prisa para acelerar porque hasta entones no le vieron al toro los cuernos en las calles que se creyeron solo suyas. Apostaron por utilizar su "pacifismo" soterrado de violencia coercitiva como trinchera frente a los intentos gubernamentales por detener las votaciones del día 1 de octubre que sin ser vinculantes bajo legalidad alguna significaban todo lo contrario, la élite secesionista apostó en consecuencia reventarlas sabiendo que la policía del Estado no iba a dejar pasar por orden judicial el desvarío que la élite rebelde quiso imponer doblando la realidad entre virtud y pecado. Vendieron las cargas policiales al mundo como un todo olvidando las cargas de su policía contra los manifestantes catalanes que rodearon al Parlament y cómo ellos como Gobierno nacionalista catalán, aplicaron la violencia policial sin miramientos contra su propia gente. Sí, los nacionalistas también pegan y también vacían ojos de los manifestantes. También realizan declaraciones xenófobas, racistas y excluyentes. El nacionalismo suele pervertir lo que dice y lo que toca siempre proyectando en sus contrarios todos sus defectos y faltas pues no hay virtud que ellos no representen. Esto ha sido una comedia provocada por malas mentes incapaces de reconocer sus límites en pleno siglo XXI. Hoy las caretas se han caído y los promotores de esta aventura rupturista están ante sí mismos valorando lo que ya antes bien se sabía: no son la mayoría del pueblo catalán y tampoco sus representantes legítimos porque la legalidad rota se convierte en ilegalidad unilateral donde encuentran cobijo odio, exclusión, dominio, mentira y manipulación en todo su relato. Ahora las cargas y el peso de la ley son las que asoman para sus intevinientes que sabiéndolo quisieron ponerle al Estado unas horcas caudinas para "negociar". Pues vaya manera de negociar tan contraria a como lo hicieron los lehendakaris vascos que dieron la cara y apostaron por el encuentro, el diálogo, la negociación y el pacto sin condiciones ni cartas marcadas bajo la mesa de un líder que ya desde infante sintió la misión de liberar a Cataluña… de los catalanes. Más la enfermedad sigue y aunque ya le baja la fiebre ahora sólo les queda hacer como que Franco sigue gobernando España y si no él dirán que son sus descendientes y si no que son neofranquistas renacidos mientras camuflan sus fallos garrafales, sus desconfianzas mutuas, sus recelos y desvaríos de partido y grupo social porque el nacionalismo excluyente debe de tener un líder mesiánico como Carles Puigdemont, pero algo falla y grave en su relato cuando han sido incapaces de fiarse los unos de los otros para ir de la mano juntos por la "senda del bien eterno donde la prosperidad de un pueblo oprimido" sería liberado gracias a ese nuevo Merlín en Bélgica que ya tiene a su rey Arturo con su Excalibur a mano. Porque para ellos los normandos... somos todos los demás.

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