UNA HISTORIA DE CINE

Toma uno: Palomares, 1966

El famoso baño de Manuel Fraga como ministro de Información y Turismo en la playa de Palomares el 7 de marzo de 1966 podría dar el salto a una superproducción de Hollywood. Sería la secuencia que arrancaría una sonrisa en medio de un dramón romántico con tintes históricos. Pero, por ahora, pocos detalles han trascendido sobre Muchas gracias, Bob Oppenheimer, la película que la todopoderosa productora Miramax rodará sobre la relación que una muchacha del pueblo y un marine entablan en medio del caos y la incertidumbre que surge tras uno de los accidentes nucleares más graves de la historia.

Hay ya quien no saluda con ánimo que se mezcle el amor en un capítulo tan negro de la memoria. María, vecina del pueblo, cree que los americanos ya están inventando: “¿Quién se enamoró aquí de nadie? Aquí lo que pasó es lo que todo el mundo sabe”.

¿Y qué pasó? Durante la mañana del 17 de enero de 1966, un B-52 de las fuerzas aéreas de los Estados Unidos colisionó en el aire con un avión nodriza KC135 proveniente de la base americana de Morón de la Frontera mientras realizaban una maniobra de repostaje. El primero llevaba en su bodega cuatro bombas termonucleares B28, 75 veces más potentes que las lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.  Ambos aviones se desintegraron instantáneamente y cayeron en llamas entre la tierra y el mar. Los cuatro miembros de la tripulación del KC135 murieron en el acto mientras que cuatro de los siete tripulantes del B52 se salvaron porque saltaron en paracaídas. Cuatro bombas muy potentes de hidrógeno cayeron en Palomares, una pedanía rural del pueblo almeriense de Cuevas de Almanzora. Dos de ellas explosionaron su carga convencional, lo cual hizo que el material radioactivo se esparciera sin control por unas 226 hectáreas de terreno, debido al viento reinante. Una tercera bomba cayó en el lecho de un río seco, el Almanzora y la cuarta se precipitó al mar. Comenzó un proceso de descontaminación parcial de la zona y el seguimiento residual en las personas y el medioambiente, llamado Proyecto Índalo, en vigor 42 años después.

Ésos son los hechos que están en los libros de Historia y en la recopilación de entrevistas a protagonistas y testigos que participaron en el documental Operación Flecha Rota, de José María Herrera. Un documento que partió del “hallazgo fortuito” de unas imágenes inéditas del archivo norteamericano NARA, según explica Antonio Sánchez Picón, productor de esta obra donde “no hay juicios, sólo testimonios”.

Broken Arrow (Flecha Rota) fue el nombre que los americanos dieron al dispositivo de limpieza de la tierra y rescate de las bombas. En esta operación brilla con luz propia un personaje digno de película: Francisco Simó, conocido en el acervo popular como Paco el de la bomba. Juan José Pérez, alcalde pedáneo de Palomares, recuerda a este pescador de Águilas (Murcia): “Hollywood no debería dejar pasar su  gesta” en un guión que firmarán Bob Dolan y Daniel Taplitz, comenta. “Después de 80 días de búsqueda, guió con su barquita al sitio exacto donde estaba la bomba”, recuerda el también primer teniente de alcalde de Cuevas de Almanzora que conoció a este hombre, fallecido el año pasado, en varios programas de televisión. En ellos, Paco relataba “con cierta socarronería que él sólo con su barquita pudo más que toda la Sexta Flota”.

Paco contó esto mismo en el vigésimo, trigésimo y enésimo aniversario de los incidentes nucleares. Igual que otros vecinos de Palomares han hablado, no sin cierto recelo, con los periodistas cada vez que un nuevo estudio cifraba la peligrosidad de los residuos nucleares.  “Lo sabemos todo de memoria de tantas veces que hablan y hablan. Y al final, todo el mundo tira para lo suyo. Unos tuvimos que malvender las tierras y otros han pillao más... Pero la culpa no la tienen las autoridades, la tiene el pueblo. Unos miramos la salud y otros, otra cosa”, explica María en un lenguaje críptico, más por resentimiento que por oscurantismo. A ella le da “igual” la película y esperará “a que la echen por la tele”. “Si quieren hacer películas, que las hagan.  La veré con mi marido si tengo ganas”, apostilla. Tampoco las localizaciones del filme le quitan el sueño. Pero que no cuenten con ella: “En mí casa los americanos no van a entrar. Yo soy dueña de lo mío y en mi casa mando yo”. Con un refrán sentencia la charla: “El gato escaldado del agua fría huye”.

A día de hoy, ningún portavoz de Miramax se ha puesto en contacto con las autoridades almerienses. “Lo que hay es una voluntad de esta productora independiente  y poderosa en Hollywood de filmar una película que transcurre durante los incidentes de Palomares y que tendrá un argumento de corte dramático”, aclara Ignacio Ortega, director de cultura de la Diputación de Almería. Las “fuentes privilegiadas” de Ortega calculan un presupuesto inicial para la cinta de cinco millones de euros. Ortega lo ve claro: el tándem Miramax  Mark Gordon, productor de Salvar el soldado Ryan, suena a “éxito seguro”.

Con talante positivo, el responsable cultural de la Diputación ve “interesante para la memoria histórica” que se ficcione uno de los accidentes nucleares más graves de la historia, sobre todo, por los beneficios que pueda reportar a Cuevas de Almanzora y al resto de la provincia: “Almería debe tener la esperanza de poder acoger parte del rodaje porque es un fantástico plató natural y ofrece tantas horas de luz al día que es posible rodar con tranquilidad ahorrando costes. Se debe mirar este proyecto con ilusión. Si la productora nos pide colaboración, se la daremos en la medida de nuestras competencias. Almería debe asociarse al cine y los rodajes”. Ignacio Ortega no oculta su entusiasmo y establece un singular paralelismo: “Si en el 66 cayeron cuatro bombas, en 2008 ha caído una bomba cinematográfica sobre Palomares”.

De momento, el pueblo está tranquilo. Da fe el alcalde pedáneo, Juan José Pérez: “No hay ninguna reacción estruendosa porque no es la primera vez que se escucha el interés de Hollywood. Si se trata de una reflexión sobre el hecho histórico, la historia es la historia. Aparte, estará la relación entre un militar americano y una chica del pueblo. Si lo que quieren es sensacionalismo es más preocupante. El pueblo merece que se hable en positivo de Palomares”.

En 1966 esta pedanía almeriense contaba con 600 habitantes. Hoy ronda los 1.500. Entonces, había decenas de parcelitas dedicadas a la agricultura. Hoy, el cultivo intensivo del tomate es una de sus principales fuentes de ingresos, aparte del turismo y el negocio inmobiliario.

Pero hay cosas que no han cambiado. Desde hace 40 años, muchos están cansandos de ver el nombre del pueblo asociado a titulares negativos. Por eso Juan José dice que sería una gran noticia que parte de la película se rodara en los parajes de Cuevas: "En el hipotético caso de que vinieran aquí a rodar, nos gustaría que contaran con nosotros. Si van a hablar de nuestra historia sería extraño una película rodada en México con extras mexicanos”.

De hecho, algún vecino bromea con la posibilidad de hacer pinitos en el cine. Se llama Manuel González y tenía 34 años en 1966. Trabajaba en la Confederación Hidrológica y era hijo del alcalde de la villa, José Manuel González, que estuvo 20 años con el bastón de primer edil hasta que llegaron las elecciones democráticas en el 77. “Estaba con mi padre en la moto. Escuchamos el impacto y vimos en el cielo trozos de avión esparcidos por el aire en un kilómetro cuadrado. El tren de aterrizaje, que era como un trailer de grande, iba directo a la escuela de niñas, donde trabajaba mi mujer. Cuando llegamos vimos que había caído al lado. Un milagro. El piloto había saltado en paracaídas y no se había podido deshacer de la silla. Corrimos a cortarle los correajes. El resto de tripulación cayó al mar”, recuerda.

Para aportar detalles a la narración, no le falta memoria, ni salud a sus 77 años. “Estoy sano como un roble”, presume. Manuel participó con el resto de hombres de la zona en las primeras labores de limpieza  y dice que no ha tenido molestias en la vida. “He tenido cuatro hijos que me han dado seis nietos. Todos sanos. Como yo”, apunta.

Con total naturalidad, cuenta que se llevó un trozo de una de las bombas a casa para usarla de pisapapeles. Al final, se deshizo de semejante souvenir, pero no por prescripción médica. “Me hice amigo de un capitán americano y se la regalé”. ¿Simpatía o revancha?. “Se habla mucho... Yo pienso que limpiaron. Dejaron la tierra, echaron otra y ahora la contaminación es mínima . Lo que hay es mucha gente colocada en esto. Los muertos no están en la mesa”.

Pero eso es una historia que compete a los científicos. En el cine, la historia de Palomares está aún por contar. Manuel dice que no le importaría interpretar a su padre y atestiguar que Fraga se bañó allí, y no en Mojácar como sugieren rumores de la intrahistoria. Manuel lo vio en meyba y se ríe a carcajadas con la posibilidad de verlo de nuevo interpretándose a sí mismo.

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